Palermo no era un foco social inmundo, como los enemigos de Rozas lo han pretendido, por más que éste y sus bufones se sirvieran, de cuando en cuando, de frases naturalistas, chocantes, de mal género, pues Rozas no era un temperamento libidinoso, sino un neurótico obsceno, que Esquirol mismo se habría hallado embarazado, si hubiera tenido que clasificarlo, para determinar sus afecciones mentales de origen esencialmente cerebral.
Manuelita, su hija, era casta y buena, y lo mejor de Buenos Aires la rodeaba, por adhesión o por miedo, por lo que se quiera, inclusive el doctor Vélez Sarsfield, que ya hemos visto rendido a sus pies, vuelto de la emigración, como tantos otros, que o desesperaban, o estaban cansados de la lucha contra aquel poder personal irresponsable, que todo lo avasallaba.
No tengo por qué callarlo y no lo callaré, el gobierno de Rozas fue estéril, y no puedo ser partidario suyo, como es uno partidario teóricamente, en presencia de personajes históricos, que pueden llamarse Sila o Augusto.
El gobierno no sirve más que para tres cosas, no se ha descubierto hasta ahora que sirva para más. Sirve para hacer la felicidad de una familia, la de un partido o la de la patria. Rozas no hizo nada de esto. Y no sólo no lo hizo, sino que se dejó derrocar por uno de sus tenientes, que le arrebató una gloria fácil, que él habría podido alcanzar constituyendo el país, sin el auxilio del extranjero, haciendo posible quizá que se olvidaran sus torpezas y la realización de la única idea trascendental, que a mi juicio vagaba en su cabeza: reconstruir el virreinato, ensanchando los límites materiales de la República actual.
Llegar, verme Manuelita, y abrazarme, fue todo uno, los circunstantes me miraban como un contrabando.
Mi facha debía discrepar considerablemente, con mi traje a la francesa, en medio de aquel cortejo de federales de buena y mala ley, como el doctor Vélez Sarsfield. Porque yo, con mi pseuda corteza europea, no obstante ser verano, me había abrochado hasta arriba la levita, para que no se me viera el chaleco colorado, el cual me hacía representar, a mis propios ojos, el papel de un lacayo del faubourg Saint-Germain, por cuyos salones había pasado, siendo en ellos presentado cuasi, cuasi, como un principito de sangre real.
Me acuerdo que fue el capitán Le Page el que en ellos me introdujo, presentándome en casa de la elegante marquesa de La Grange, con cuyo nombre he dicho todo.
Aquí viene, como pedrada en ojo de boticario, contar algo, lo contaré.
La marquesa, que era charmante y que, indudablemente, me halló apetitoso, pues yo era a los diez y ocho años mucho más bonito que mi noble amigo Miguel Cuyar, ahora, invitóme a comer y organizó una fiesta para exhibirme, ni más ni menos que si yo hubiera sido un indio, o el hijo de algún nabab, según más tarde lo colegí, porque terminada la comida hubo recepción, y yo oía, después de las presentaciones de estilo, que les belles dames decían: "Comme il doit être beau avec ses plumes." Naturalmente, yo, al oír aquel beau, me pavoneaba, je posais, expresión que no se traduce bien, pero al mismo tiempo decía en mi interior: ¡Qué bárbaros son estos franceses!
Volvimos del jardín de las magnolias a los salones de Palermo. Manuelita recibía donde ahora está el gabinete de física del Colegio Militar. Una vez allí le repetí que quería ver a mi tío: ella salió, volvió y me dijo: Ahora te recibirá. Se fueron a comer. Yo no quise aceptar un asiento en la mesa, porque en mi casa me esperaban y porque no contaba con que aquel ahora sería como el vuelva usted mañana de Larra, o como el mañana de nuestras oficinas públicas (Que no en balde tenemos sangre española en las venas), un mañana, que casi nunca llega o que, cuando llega, ya es tarde, u otro le ha soplado a uno la dama.
Yo esperaba y esperaba, las horas pasaban y pasaban. No sé si me atreví a interrogar, pero es indudable que alguna vez debí mirarla a Manuelita como diciéndole: ¿Y?
Y que Manuelita debió mirarme, como contestándome: Ten paciencia, ya sabes lo que es tatita.
Allá, como a eso de las once de la noche, Manuelita, que era movediza y afabilísima, salió y volvió reiteradamente, y con una de esas caras tan expresivas en las que se lee un "por fin", me dijo: "Dice tatita que entres" Y sirviéndome de hilo conductor, me condujo, como Ariadna, de estancia en estancia, haciendo zigzags, a una pieza en la que me dejó, agregando: "Voy a decirle a tatita."
Si mi memoria no me es infiel, la pieza esa quedaba en el ángulo del edificio que mira al naciente: era cuadrilonga, no tenía alfombra sino baldosas relucientes, en una esquina, había una cama de pino colorado con colcha de damasco colorada también, a la cabecera una mesita de noche, colorada, a los pies una silla colorada igualmente, y casi en el medio de una habitación una mesa pequeña de caoba, con carpeta, de paño de grana, entre dos sillas de esterilla coloradas, mirándose, y sobre ella dos candeleros de plata bruñidos con dos bujías de esperma, adornadas con arandelas rosadas de papel picado. No había más, estando las puertas y ventanas, que eran de caoba, desguarnecidas de todo cortinaje. Yo me quedé de pie, conteniendo la respiración, como quien espera el santo advenimiento, porque aquella personalidad terrible producía todas las emociones del cariño y del temor. Moverme, habría sido hacer ruido, y cuando se está en el santuario, todo ruido es como una profanación, y aquella mansión era, en aquel entonces, para mí algo más que el santuario. Cada cual debe encontrar dentro de sí mismo, al leerme, la medida de mis impresiones, en medio de esa desnudez severa, casi sombría, iluminada apenas por las llamas de las dos bujías transparentes, que ni siquiera se atrevían a titilar. Reinaba un silencio profundo, en mi imaginación al menos, los segundos me parecían minutos, horas los minutos.
Mi tío apareció: era un hombre alto, rubio, blanco, semipálido, combinación de sangre y de bilis, un cuasi adiposo napoleónico, de gran talla, de frente perpendicular, amplia, rasa como una plancha de mármol fría, lo mismo que sus concepciones, de cejas no muy guarnecidas, poco arqueadas, de movilidad difícil, de mirada fuerte, templada por el azul de una pupila casi perdida por lo tenue del matiz, dentro de unas órbitas escondidas en concavidades insondables, de nariz grande, afilada y correcta, tirando más al griego que al romano, de labios delgados casi cerrados, como dando la medida de su reserva, de la firmeza de sus resoluciones, sin pelo de barba, perfectamente afeitado, de modo que el juego de sus músculos era perceptible. Sería cruel, no parecía disimulada aquella cara, tal como a mí se me presentó, tal como ahora la veo, al través de mis reminiscencias infantiles. Era incuestionablemente una mistificación, en la que Lavater, con toda su agudeza de observador, no habría acertado a perfilar la silueta siniestra en su evolución transformista de fanático implacable lleno de ternezas.
Agregad a esto una apostura fácil, recto el busto, abiertas las espaldas, sin esfuerzo estudiado, una cierta corpulencia del que toma su embonpoint, o sea su estructura definitiva, un traje que consistía en un chaquetón de paño azul, en un chaleco colorado, en unos pantalones azules también, añadid unos cuellos altos, puntiagudos, nítidos, y unas manos perfectas como forma, y todo limpio hasta la pulcritud, y todavía sentid y ved, entre una sonrisa que no llega a ser tierna, siendo afectuosa, un timbre de voz simpático hasta la seducción y tendréis la vera efigies del hombre que más poder ha tenido en América y cuyo estudio psicológico in extenso sólo podré hacer yo, porque soy sólo yo el único que ha buscado en antecedentes, que otros no pueden conseguir, la explicación de una naturaleza tan extraordinaria como ésta.
Y digo extraordinaria, porque solamente siéndolo se explica su dominación, sin mengua para este pueblo argentino, que alternativamente le apoyó y le abandonó, hasta dar en tierra con él, protestando contra sus desafueros, que eran un anacronismo en presencia de los ideales que tuvieron en vista nuestros antepasados al romper las cadenas de la madre patria, de esa España que no fue, sin embargo, madre desnaturalizada, pues nos dio todo cuanto podía darnos, después de los gobiernos de los Felipe II.
Así que mi tío entró, yo hice lo que habría hecho en mi primera edad, crucé los brazos y le dije, empleando la fórmula patriarcal, la misma, mismísima que empleaba con mi padre, hasta que pasó a mejor vida: ¡La bendición, mi tío!
Y él me contestó: ¡Dios lo haga bueno, sobrino! Sentándose incontinenti en la cama, que antes he dicho había en la estancia, cuya cama (La estoy viendo), siendo muy alta, no permitía que sus pies tocaran en el suelo, e insinuándome que me sentara en la silla, que estaba al lado.
Nos sentamos. Hubo un momento de pausa, él la interrumpió diciéndome: Sobrino, estoy muy contento de usted.
Es de advertir que era buen signo que Rozas tratara de usted, porque cuando de tú trataba, quería decir que no estaba contento de su interlocutor, o que por alguna circunstancia del momento fingía no estarlo. Yo me encogí de hombros, como todo aquel que no entiende el porqué de un contentamiento. Sí, pues, agregó: estoy muy contesto de usted. Y esto lo decía balanceando las piernas, que no alcanzaban al suelo, ya lo dije, porque me han dicho, y yo había llegado recién el día antes ¡Qué buena no sería su policía! Que usted no ha vuelto agringado.
Este agringado no tenía la significación vulgar, significaba otra cosa: que yo no había vuelto y era la verdad, preguntando como tantos tontos que van a Europa baúles y vuelven petacas: ¿Y comment se llaman éste chose blanche que ponen las galin? Por no decir huevos, o, esta cosa que se ponen en las manos. Por no decir guantes.
Yo había vuelto vestido a la francesa, eso sí, pero potro americano hasta la médula de los huesos todavía, y echando unos ternos, que era cosa de taparse las orejas: el traje había cambiado, me vestía como un europeo, pero era tan criollo como el Chacho, el cual, estando emigrado en Chile (En Chile que no es Europa, a Dios gracias) y preguntándole cómo le iba, contestó: ¿Y cómo quiere que me vaya: en Chile y a pie? Cuando hay énque (Pongan el acento en la primera e), no hay cónque (Pongan el acento en la o), y cuando hay cónque no hay énque.
Posse amigo: acabaremos (¡Y qué difícil es acabar!), si Dios nos da vida y salud, en el próximo número, y en él sabrá usted, qué fueron al fin y al cabo los siete platos de arroz con leche.