Yo estaba ufano: no había vuelto agringado. Era la opinión de mi tío. ¿Y cuánto tiempo has estado ausente? Agregó él.
Lo sabía perfectamente. Había estado resentido, no es la palabra, "enojado", porque diz que me habían mandado a viajar sin consultarlo. Comedia.
Cuando mi padre resolvió que me fuera a leer a otra parte el Contrato Social veinte días seguidos estuve yendo a Palermo, sin conseguir verlo a mi ilustre tío.
Manuelita me decía, con su sonrisa siempre cariñosa: Dice tatita que mañana te recibirá.
El barco que salía para Calcuta estaba pronto. Sólo me esperaba a mí. Hubo que empezar a pagarle estadías. Al fin, mi padre se amostazó y dijo: Si esta tarde no consigues despedirte de tu tío, mañana te irás de todos modos, ya esto no se puede aguantar.
¡Eh! Esa tarde sucedió lo de las anteriores, mi tío no me recibió. Y, al día siguiente, yo estaba singlando con rumbo a los hiperbóreos mares.
Sí, el hombre se había enojado, porque, algunos días después, con motivo de un empeño o consulta que tuvo que hacerle mi madre, él le arguyó: Y yo ¿Qué tengo que hacer con eso? ¿Para qué me meten a mí en sus cosas? ¿No lo han mandado al muchacho a viajar, sin decirme nada?
A lo cual mi madre observó: ¡Pero, tatita (Era la hermana menor, y lo trataba así), si ha venido veinte días seguidos a pedirte la bendición y no lo has recibido! Replicando él: Hubiera venido veintiuno.
Lo repito: él sabía perfectamente que iban a hacer dos años que yo me había marchado, porque su memoria era excelente. Pero entre sus muchas manías tenía la de hacerse el zonzo y la de querer hacer zonzos a los demás.
El miedo, la adulación, la ignorancia, el cansancio, la costumbre, todo conspiraba en favor suyo, y él, en contra de sí mismo.
No se acabarían de contar las infinitas anécdotas de este complicado personaje, señor de vidas, famas y haciendas, que hasta en el destierro hizo alarde de sus excentricidades. Yo tengo una inmensa colección de ellas. Baste por hoy la que estoy contando.
Interrogado, como dejo dicho, contesté: Van a hacer dos años, mi tío. Me miró y me dijo: ¿Has visto mi Mensaje?
¿"Su Mensaje"? Dije yo para mis adentros. "¿Y qué será esto? No puedo decir que no, ni puedo decir que sí, ni puedo decir, no sé qué es" Y me quedé suspenso.
El, entonces, sin esperar mi respuesta, agregó: Baldomero García, Eduardo Lahitte y Lorenzo Torres, dicen que ellos lo han hecho. Es una botaratada. Porque así, dándoles los datos, como yo se los he dado a ellos, cualquiera hace un Mensaje. Está muy bueno, ha durado varios días la lectura en la Sala. ¡Qué! ¿No te han hablado en tu casa de eso?
Cuando yo oí lectura, empecé a colegir, y como, desde niño, he preferido la verdad a la mentira (Ahora mismo no miento, sino cuando la verdad puede hacerme pasar por cínico), repuse instantáneamente: ¡Pero, mi tío, si recién he llegado ayer!
¡Ah! Es cierto, pues no has leído una cosa muy interesante, ahora vas a ver, y esto diciendo se levantó, salió, y me dejó solo.
Yo me quedé clavado en la silla, y así como quien medio entiende (¡Vivía un mundo de pensamientos tan raros!) vislumbré que aquello sería algo como el discurso de la reina Victoria al Parlamento, ¿Pues qué otra explicación podría encontrarle a aquel "ahora vas a ver"?
Volvió el hombre que, en vísperas de jugar su poderío, así perdía su tiempo con un muchacho insustancial, trayendo en la mano un mamotreto enorme.
Acomodó simétricamente los candeleros, me insinuó que me sentara en una de las dos sillas que se miraban, se colocó delante de una de ellas de pie y empezó a leer desde la carátula que rezaba así:
- "¡Viva la Confederación Argentina!"
- "¡Mueran los Salvajes Unitarios!"
- "¡Muera el loco traidor, Salvaje Unitario Urquiza!"
Y siguió hasta el fin de la página, leyendo hasta la fecha 1851, pronunciando la ce, la zeta, la ve y la be, todas las letras, con la afectación de un purista.
Y continuó así, deteniéndose, de vez en cuando, para ponerme en aprietos gramaticales, con preguntas como ésta, que yo satisfacía bastante bien, porque eso sí he sido regularmente humanista, desde chiquito, debido a cierto hablista, don Juan Sierra, hombre excelente del que conservo afectuoso recuerdo: Y aquí ¿Por qué habré puesto punto y coma, o dos puntos, o punto final?
Por ese tenor iban las preguntas, cuando, interrumpiendo la lectura, preguntóme: ¿Tienes hambre?
Ya lo creo que había de tener, eran las doce de la noche, y había rehusado un asiento en la mesa, al lado del doctor Vélez Sarsfield, porque en casa me esperaban.
- Sí, contesté resueltamente.
- Pues voy a hacer que te traigan un platito de arroz con leche.
El arroz con leche era famoso en Palermo y aunque no lo hubiera sido, mi apetito lo era, de modo que empecé a sentir esa sensación de agua en la boca, ante el prospecto que se me presentaba, de un platito que debía ser un platazo, según el estilo criollo y de la casa. Mi tío fue a la puerta de la pieza contigua, la abrió y dijo: Que le traigan a Lucio un platito de arroz con leche.
La lectura siguió.
Un momento después, Manuelita misma se presentó con un enorme plato sopero de arroz con leche, me lo puso por delante y se fue.
Me lo comí de un sorbo.
Me sirvieron otro, con preguntas y respuestas por el estilo de las apuntadas, y otro, y otro, hasta que yo dije: Ya, para mí, es suficiente.
Me había hinchado, ya tenía la consabida cavidad solevantada y tirante como el parche de una caja de guerra templada, pero no hubo más, siguieron los platos, yo comía maquinalmente, obedecía a una fuerza superior a mi voluntad.
La lectura continuaba.
Si se busca el Mensaje ese, por algún lector incrédulo o curioso, se hallará en él un período, que comienza de esta manera: "El Brasil, en tan punzante situación." Aquí fui interrogado, preguntándoseme: ¿Y por qué habré puesto punzante?" Como el poeta pensé que en mi vida me he visto en tal aprieto. Me expliqué. No aceptaron mi explicación. Y con una retórica gauchesca, mi tío me rectificó, demostrándome cómo el Brasil lo había estado picaneando, hasta que él había perdido la paciencia, rehusándose a firmar un tratado que había hecho el general Guido. Ya yo tenía la cabeza como un bombo, y lo otro tan duro, que no sé cómo aguantaba.
El, satisfecho de mi embarazo, que lo era por activa y por pasiva, y poniéndome el mamotreto en las manos, me dijo, despidiéndome:
Bueno, sobrino, vaya no más, y acabe de leer eso en su casa, agregando en voz más alta: Manuelita, Lucio se va.
Manuelita se presentó, me miró con una cara que decía afectuosamente "Dios nos dé paciencia", y me acompañó hasta el corredor, que quedaba del lado del palenque, donde estaba mi caballo.
Eran las tres de la mañana.
En mi casa estaban inquietos, me habían mandado a buscar con un ordenanza. Llegué sin saber cómo no reventé en el camino.
Mis padres no se habían recogido.
Mi madre me reprochó mi tardanza, con ternura.
Me excusé diciendo que había estado ocupado con mi tío.
Mi padre, que, mientras yo hablaba con mi madre, se paseaba meditabundo, viendo el mamotreto que tenía debajo del brazo, me dijo:
- ¿Qué libro es ése?
Es el Mensaje que me ha estado leyendo mi tío.
¿Leyéndotelo? Y esto diciendo se encaró con mi madre y prorrumpió con visible desesperación:
- No te digo que está loco tu hermano.
Mi madre se echó a llorar.
Pocos días después, muy pocos días, el edificio de la tiranía se había desplomado, el 3 de febrero por la tarde yo oía en la plaza de la Victoria gritar furiosos "Muera Rozas" a algunos de los mismos conspicuos señores, que, pocas horas antes, había visto en Palermo, reunidos a los pies de la niña. Confieso que todavía no entendía una palabra de lo que pasaba, y que los gritones, más que el efecto de libertados, me hacían el de locos.
Y eso que ya me había reído a carcajadas, leyendo a Jérôme Paturot, en busca de la mejor de las Repúblicas, en el que hay una escena por el estilo de la que presencié azorado el 3 de febrero, en la plaza de la Victoria, para que una vez más se persuadan los que viven sólo en el presente, que "del dicho al hecho hay un gran trecho".
Pocos días después, mi padre, Sarmiento y yo, el Sarmiento cuya glorificación acabamos de presenciar, navegábamos en el vapor inglés Menay hacia Río Janeiro. Yo no hablé, durante la travesía, con el que después fue mi candidato, a pesar de las obsesiones exigentes de mi padre, hasta que no estuvimos en tierra brasilera, donde nos explicamos. Y es a este incidente al que él se refiere en sus Boletines del Ejército Grande.
Creo que para mi padre fue una suerte que yo le acompañara en aquel viaje, porque Sarmiento le iba haciendo perder la cabeza. El que hace un cesto hace un ciento. Quería inducirlo a que se fuera con él a Chile, para volver contra Urquiza, del cual iba huyendo, porque sus primeros actos en Buenos Aires le parecían precursores de que el país estaba expuesto a volver a las andadas. Lo explotaba, hablándole constantemente del señor don Domingo de Oro, su pasión, y como era débil de carácter, a no ser yo, lo arrastra.
El Dictador se había refugiado en un buque de guerra inglés, llamado por singular coincidencia El Conflicto (The Conflict), y tardó mucho más que nosotros, con quienes iba también mi caro Máximo Terrero, en llegar a Europa.
Mi padre se quedó en Lisboa y me mandó a París, donde yo era ya buzo y ducho, a prepararle un apartamiento, que tardé muchísimo en prepararle, por razones que ya se imaginará el penetrante lector, pero que al fin le preparé.
Viniendo de Lisboa a Francia, mi buen viejo quiso visitar a Manuelita y nos fuimos a Southampton. Allí estaban alojados, en la misma casa, una modesta quintita de los alrededores: Rozas, Manuelita, Juan Rozas mi primo, Mercedes Fuentes su mujer, Juan Manuel mi sobrino, Máximo Terrero, y un negrito, al cual ya mi tío le decía, por ironía, Mister. Por supuesto que, si el cambio de hemisferio y de situación era como una transición entre el día y la noche, otra cosa eran los sentimientos y las manías. Mi tío conservaba su chaleco colorado y Manuelita su moño. Mi padre, que era muy amigo de Manuelita, que la quería en extremo, como la quiero yo, por sus virtudes, le observó que aquel parche colorado no estaba bien. Pero ella, cuyo amor filial no tenía límites, contestóle: que no se lo sacaría hasta que no se lo mandaran.
Un día, almorzábamos todos juntos: mi tío era sobrio, concluyó primero que los demás y se levantó, yéndose. Manuelita, ganosa de echar un párrafo con mi padre, me dijo: "Acabá ligero, hijito, y andá, entretenelo a tatita." Yo me apuré, concluí, salí, y me fui en busca de mi tío que estaba sentado en el sofá de una salita, con vista al jardín, y me arrellené en una poltrona. Mi tío y yo permanecimos un instante en silencio. Yo lo miraba de rabo de ojo. Creía que él no me veía. ¡Me había estado viendo! Confusamente, porque yo no tenía entonces sino como intuiciones de reflexión, los pensamientos que me dominaban en aquel momento, al contemplar el coloso derribado, podrían sintetizarse exclamando ahora: sic transit gloria mundi. (Así transa don Raimundo, como decía el otro.)
De repente miróme mi tío y me dijo: ¿En qué piensa, sobrino? En nada, señor.
No, no es cierto, estaba pensado en algo. ¡No señor, si no pensaba en nada!
Bueno, si no pensaba en nada cuando le hablé, ahora está pensando, ya. ¡Si no pensaba en nada, mi tío!
Si adivino, ¿Me va a decir la verdad?
Me fascinaba esa mirada, que leía en el fondo de mi conciencia, y maquinalmente, porque habría querido seguir negando, contesté "sí".
Bueno, repuso él ¿A que estaba pensando en aquellos platitos de arroz con leche, que le hice comer en Palermo, pocos días antes de que el "loco" (El loco era Urquiza) llegara a Buenos Aires?
Y no me dio tiempo para contestarle, porque prosiguió: ¿A que cuando llegó a su casa, a deshoras, su padre (E hizo con el pulgar y la mano cerrada una indicación hacia el comedor) le dijo a Agustinita: ¿No te digo que tu hermano está loco?
No pude negar, queriendo, estaba bajo la influencia del magnetismo de la verdad y contesté sonriéndome: Es cierto.
Mi tío se echó a reír burlescamente.
Aquella visión clara, aquel conocimiento perfecto de las personas y de las cosas, es una de las impresiones más trascendentales de mi vida, y debo confesarlo aquí, no teniendo estas páginas más que un objeto: iluminar, con un rayo de luz más, la figura de un hombre tan amado como execrado: sin esa impresión yo no habría conocido, como creo conocerla, la misteriosa y extraña personalidad de Rozas. Mí querido Posse: siento mucho que, padeciendo usted de dispepsia, no pueda comerse, como yo, de una sentada, siete platos de arroz con leche.
Y para concluir, y antes de decirle, como Cicerón a sus amigos, Jubeo te bene valere, le daré una receta para su enfermedad: ejercicio, gimnasia, viajes que no fatiguen, poco vino, mucha sal, no aumenta ésta la sed, y en último caso, ningún vino, y poco de aquello.
Hay dos falsificaciones que hacen mucho daño: la de la mujer y la del vino. Desgraciadamente, cuando caemos ya en cuenta, es demasiado tarde.
Traduzco, pues, a Cicerón y suponiendo que ha caído en cuenta "le ordeno que goce de buena salud".
Postdata: Dice X. que este cuento, narrado por mí, tiene mucha más animación y movimiento, y que yo, como Carlos Dickens, debiera dar conferencias para referir mis aventuras. Estoy listo, a pesar de la rabia que esto pueda darle a mi querido X, siempre que las conferencias sean patrocinadas por las Damas de Misericordia.
Necesito indulgencias... literarias.