Al señor don Benjamín Posse
"Toute historie doit être menteuse de bonne foi."
Desde que empecé a filosofar, o a preocuparme un poco del porqué y del cómo de las cosas, empezó a llamarme la atención que historia, es decir, que la palabra subrayada, tuviera no sólo muchas definiciones hechas por los sabios, sino también opuestos significados.
Cicerón decía: que era el testigo de los tiempos, el mensajero de la antigüedad, Fontenelle, fábulas convenidas, y Bacon, relato de hechos dados por ciertos.
Hay, como se ve, para todos los gustos, inclinaciones y criterios, tratándose de lo que se llama historia en sentido elevado, y de ahí viene, sin duda, que historia implique también su poquillo de mentira, como cuando exclamamos: eso no es más que una historia, o: no señor, está usted equivocado, ahora le voy a contar la historia de ese negocio, de la glorificación del personaje A o B.
Puede ser que sea cierto que la historia de un hombre no es muchas veces más que la de las injusticias de algunos, aunque hay ejemplos modernísimos en la historia, y bien podría probarse con una apoteosis, que la historia de alguien es la de sus contradicciones e incoherencias, la de sus ingratitudes e injusticias contra todos, por más que en su vida haya ciertos rayos de luz que iluminen el cuadro de alguna buena manía trascendental.
De modo que, allá va eso, Posse amigo, a manera de zarandajas históricas, sintiendo que la pluma deficiente, no pueda, como pincel de artista manco, vivificar el cuadro, puesto que, no viéndonos las caras, en este momento, faltan la voz, el gesto y la acción, eso que el orador antiguo llamaba quasi sermonem corporis.
Nada más que como un muchacho que tiene ojos para ver, pues no asociaba todavía ideas, había yo recorrido ya el Asia, el África y la Europa, cuando estando en Londres, donde me aburría enormemente, por haber pasado antes por París, que es la gran golosina de los viajeros jóvenes y viejos, recibí la noticia, muy atrasada, como que entonces no había telégrafo y eran raros los vapores, de que Urquiza se había sublevado contra Rozas.
Yo no pensaba entonces sino en gastarle a mi padre su dinero, lo mejor posible, y de buena fe creía, como a él mismo se lo observé en cierta ocasión, que era económico porque todo, todo lo apuntaba, habiendo heredado de mis queridísimos progenitores el atavismo de ciertas prolijas minuciosidades.
Cuando me veía muy embarazado para justificar las entradas con las salidas, hacía como el estudiante de marras, que, teniendo doscientos francos de pensión y necesitando especificar cómo los había gastado, salía del paso anotando: cinco francos a la planchadora, noventa de pensión, cinco para textos, diez de velas y noventa de allumettes chimiques.
Esa noticia me hizo el mismo efecto ¿Qué voy a decir? Si no hay comparación adecuada posible, porque para mí Urquiza y Rozas, Rozas y Urquiza eran cosas tan parecidas como un huevo a otro huevo. Bueno, diré que me hizo el mismo efecto que le haría a Miguel Ángel, el hijo del doctor Juárez Celman, si mañana le llegara a Londres la estupenda, inverosímil nueva de que en Córdoba había estallado una revolución, encabezada por su tío Marcos.
No pensé sino en volver a los patrios lares. De la política se me daba un ardite, no entendía jota de ella. Pero un instinto me decía que mi familia, esto era entonces todo para mí, corría peligro, y me vine sin permiso, cayendo aquí como una bomba en el paterno hogar.
Esto era hacia fines del mes de diciembre de 1851.
De allá a acá, Buenos Aires se ha transformado extraordinariamente: el cambio es completo en lo material, en lo físico, en lo moral, en lo intelectual.
No me voy a detener en esto sino un instante, lo dejo para cuando le llegue el turno a Legarreta, a quien le tengo ofrecida una Causerie, que tendrá por título: "Tipos de otro tiempo".
Pero, para que se tenga una idea de nuestra transformación, diré que cuando me desembarcaron, pasando por esta serie de operaciones (El cambio en esto no es muy grande) la ballenera, el carro, la subida a babucha, los pocos curiosos que estaban en la playa me miraron y me siguieron, como si hubieran desembarcado un animal raro. Verdad, que el público es así: el mismo sentimiento de curiosidad que lo lleva a ver un elefante, lo hace apresurarse a oír al orador tal o a ver el entierro cual. No hay, pues, que juzgar los sentimientos populares íntimos por la aglomeración de la multitud. Yo no traía, sin embargo, nada de extraordinario, a no ser que lo fuera el venir vestido a la francesa, a la última moda, a la parisiense, con un airecito muy chic, que después dejé, por razones que se contarán en su día, con sombrero de copa alta puntiagudo, con levita muy larga y pantalón muy estrecho, que era el entonces en boga, tanto que recuerdo que en un vaudeville se decía por uno de los interlocutores, hablando éste con su sastre: "Faites-moi un pantalon très collant, mais très collant, je vous préviens que si j'y entre, je ne vous le prendrai pas".
Los curiosos me escoltaron hasta mi casa donde recién supieron que yo había vuelto cuando entraba en ella, pues como mi resolución de venirme fue instantáneamente puesta en práctica, no tuve miedo de anticiparles a mis padres la sorpresa que les preparaba.
El gusto que ellos tuvieron al verme fue inmenso. Me abrazaron, me besaron, me miraron, me palparon, casi me comieron, y criados de ambos sexos salieron en todas direcciones para anunciarles a los parientes y a los íntimos que el niño Lucio había llegado, y cosa que ahora no se hace, porque se cree menos que entonces en la Divina Providencia, se mandó decir una misa en la iglesia de San Juan, que era la que quedaba, y queda, cerca de la casa solariega.
Los momentos eran de agitación. Aníbal estaba ad-portas, o lo que tanto vale, según el lenguaje de la época, el "loco, traidor, salvaje unitario, Urquiza", avanzaba victorioso, mas eso no impidió que hubiera gran regocijo, siendo yo objeto de las más finas demostraciones, no tardando en llegar las fuentes de dulces, cremas y pasteles con el mensaje criollo tan consabido: "Que cómo está su merced, que se alegra mucho de la llegada del niño, y que aquí le manda esto por ser hecho por ella."
En medio de aquel regocijo, yo era el más feliz de todos, porque si es cierto que los más felices son los que se van, cierto debe ser también que el más dichoso de todos es el que vuelve.
Y se comprende que, dados los antecedentes de mi prosapia y de mi filiación, yo no había de tardar mucho en preguntar: "¿Y cómo está mi tío? ¿Y cómo está Manuelita?" Y que la contestación había de ser como fue: "Muy buenos, mañana irás a saludarlos."
Yo no veía la hora de ir a Palermo, y me devoraba la misma impaciencia que tenía por ver las pirámides de Egipto, cuando estaba en El Cairo, o San Pedro en Roma, cuando estaba en la Ciudad Eterna. Pero era necesario darse un poco de reposo, luego, una madre que recupera a su hijo no se desprende tan fácilmente de él, sobre todo una madre como la mía, que, por la intensidad de sus afectos, que por su educación, y tantas otras circunstancias, era moralmente imposible que viera claro en la situación, no obstante los sermones de mi padre, a cuya perspicacia no podía escaparse que estábamos en vísperas de una catástrofe.
Descansé, pues, y al día siguiente por la tarde monté a caballo y me fui a Palermo a pedirle a mi tío la bendición.
No sé si padezco en esto la misma aberración del que, al comparar la iglesia de su aldea con la basílica monumental de la diócesis metropolitana, encuentra que las diferencias de tamaño, de elegancia y esplendor, no son tan considerables como él se imaginaba. Pero el hecho es que el Palermo de entonces me parecía a mí más bello, bajo ciertos aspectos, que el Palermo de ahora. A no dudarlo, el suelo del Palermo de entonces era mejor que el suelo del Palermo de ahora, como el Palermo de entonces incuestionablemente tenía un aspecto más agreste, más de bosque de Boulogne que el de ahora, y en el que la simetría, hasta para pasearse, comienza a ser de una monotonía insoportable.
Llegué. Serían como las cinco de la tarde, hacía calor, no había nadie en las casas, en esas casas que todavía persisten, como tantas otras antiguallas, en mantenerse sobre sus cimientos, ahogándose dentro de sus muros los pobres alumnos del Colegio Militar. (Al Diablo no se le ocurre, pero se le ocurrió a Sarmiento, poner un Colegio de esa clase en un parque). La niña (Era su nombre popular), me dijo alguien, porque yo pregunté por Manuelita, está en la quinta.
Dejé mi caballo en el palenque y me fui a buscar a Manuelita, a la que no tardé en hallar. Estaba rodeada de un gran séquito, en lo que se llamaba el jardín de las magnolias, que era un bosquecillo delicioso de esta planta perenne, los unos de pie, los otros sentados sobre la verde alfombra de césped perfectamente cuidado, pero ella tenía a su lado, provocando las envidias federales, y haciendo con su gracia característica todo amelcochado el papel de cavaliere servente, al sabio jurisconsulto don Dalmacio Vélez Sarsfield.