Capítulo IV
George Orwell
Hacia finales del verano la noticia de lo que había ocurrido en la Granja Animal se había extendido por medio condado. Bola de Nieve y Napoleón enviaban palomas mensajeras a las granjas vecinas para difundir los relatos de la Rebelión y enseñar la melodía de "Bestias de Inglaterra".
El señor Jones había pasado la mayor parte del tiempo, después de ser expulsado de su granja, sentado en la taberna del pueblo, quejándose de la injusticia que había sufrido a cualquiera que quisiera escucharle. Los otros granjeros le compadecían en principio pero no le prestaban mucho apoyo al principio. En el fondo, cada uno tenía miedo de que sus propios animales pudieran contagiarse de la misma actitud. Los granjeros vecinos eran el señor Pilkington, de Foxwood, que era una granja grande y descuidada, cubierta en su mayor parte de bosque, con terrenos de caza y pesca, y el señor Frederick, de Pinchfield, una granja más pequeña pero mejor llevada. Eran hombres de carácter completamente diferente: el señor Pilkington era un granjero campechano y aficionado, que pasaba la mayor parte del tiempo en la caza y la pesca; el señor Frederick era un hombre duro y astuto, siempre mezclado en pleitos y conocido por su crueldad hacia sus animales. Tenían entre sí una disputa que llevaba años sin resolver, referente a un trozo de tierra que se extendía entre sus dos granjas. Pero también eran firmes amigos ante cualquier amenaza exterior. Y tanto ellos como los demás granjeros estaban asustados de que su propio ganado pudiera rebelarse. La noticia de lo que había ocurrido en la Granja Animal les causó la mayor alarma. Procuraban que sus animales no supieran nada de eso, pero a veces los animales lo sabían por rumores, y entonces los granjeros decían que todo lo que ocurría en la Granja Animal eran mentiras o, de lo contrario, que eran puras ilusiones y que tarde o temprano acabarían en el caos y en la hambruna.
Corría octubre y el trigo estaba segado y acumulado en pilas. Bola de Nieve estudiaba el tema de una batalla que había visto descrita en el libro sobre la historia de la guerra de Julio César. Iba dando instrucciones a los animales sobre cómo debían comportarse en caso de ataque humano, cuando los cuatro cuervos que había enviado como espías volvieron con la noticia de que Jones y toda su pandilla de hombres habían entrado por la puerta de cinco barras. Venían armados con palos, y Jones llevaba una escopeta. Evidentemente iban a intentar recobrar la granja.
Esto era algo que había sido previsto por mucho tiempo y todos los preparativos estaban dispuestos. Bola de Nieve, que había estudiado una campaña de Julio César, se hizo cargo de las operaciones de defensa. Dio sus órdenes rápidamente, y en dos minutos cada animal estaba en su puesto.
Mientras los seres humanos se acercaban a los edificios de la granja, Bola de Nieve dio la señal para el primer ataque. Los cuervos, las palomas y unos patos menudos cayeron sobre las cabezas de los hombres y defecaron sobre ellos, mientras que Bola de Nieve llevaba su primera carga contra Jones y sus hombres. Una vez que estos habían sido confundidos por el primer ataque, los caballos, las vacas y los cerdos salieron de sus escondites y atacaron a los hombres por los flancos. Los hombres retrocedieron por el camino de la granja, y los animales los persiguieron. El señor Jones, al llegar a la puerta de cinco barras, trató de disparar contra Bola de Nieve, que le huyó con una herida en la espalda, que dejó un surco de sangre por la lana. Uno de los hombres llegó a clavar su palo en la cabeza de un caballo de labrantío que echó a trotar entre los arbustos. Boxeador levantó la pata e imprimió un golpe al mozo de cuadra con todo el peso de su enorme cuerpo. El hombre cayó de costado sobre el barro. Trébol guardó a Boxeador aparte de la persecución, pero Boxeador ya lo había alcanzado y pateado con sus enormes cascos.
—¡Un hombre muerto! —exclamó alguien.
—Que no cunda el pánico —dijo Bola de Nieve, cuyo ensangrentado flanco dejaba rastro de gotas rojas—. La guerra tiene sus riesgos. Los mismos hombres a veces mueren en la batalla.
—No me gusta ver sufrir a los seres vivos —dijo Boxeador, con las lágrimas asomando a los ojos—, aunque sean humanos.
—¿Dónde está Marieta? —gritó alguien.
Marieta, de hecho, había desaparecido. Por un momento se temió lo peor. Luego se vio que se había escondido en su box y estaba metiendo la cabeza en el heno. Se había escondido tan pronto sonó el primer disparo. Y cuando los demás volvieron de la batalla, encontraron que el mozo de cuadra que Boxeador había golpeado se había recuperado del todo y se había escapado. Los animales decidieron que el nombre de la batalla sería la Batalla del Establo de las Vacas, ya que ahí fue donde habían hecho la emboscada. El señor Jones y sus hombres habían sido completamente derrotados. Y ahora no les quedaba más remedio que marcharse.
Al año siguiente se estableció la costumbre de celebrar la Batalla del Establo de las Vacas dos veces al año. Bola de Nieve era muy bueno para los discursos, y era generalmente reconocido que en el campo de batalla había salvado a la granja. El pájaro cuyo ala había estado herida estaba bien curado. Se decidió también que Bola de Nieve y Boxeador recibirían la Orden del Animal de Primera Clase. También se instituyó la Orden del Animal de Segunda Clase con una medalla de latón. Boxeador tenía la costumbre de pararse delante del granero durante media hora cada noche, leyendo el texto de los Siete Mandamientos para renovar su memoria. Al llegar a la palabra que no podía pronunciar correctamente, se limitaba a decir: "El camarada Napoleón siempre tiene razón." Eso se convirtió en su lema personal.
En Navidad cayó la nieve, y a principios de enero llegó un tiempo de heladas terribles que duró dos meses. Los animales pasaban todo el tiempo que podían bajo techo y no había mucho que hacer. Hubo una cierta dificultad en cuanto al espacio del establo: Marieta ocupaba un lugar desproporcionado para sí misma, y se ponía de acuerdo con los cerdo para que le trajeran a ella un trozo de azúcar cuando podían. Se reunían en el almacén de forraje, y los cerdos se sentaban junto a la chimenea y se calentaban, mientras que los demás animales tiritaban en el establo. Había meses en que los animales habían comido peor que con el señor Jones.