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← Rebelión en la Granja

Capítulo V

George Orwell

A medida que se acercaba el invierno, Marieta se fue volviendo más extraña. Cada vez llegaba más tarde a los trabajos de la mañana, pretextando que tenía los cascos doloridos, aunque se podía ver que los cascos estaban en perfecto estado. Su comportamiento con sus camaradas era extraño. Cuando se hablaba del bienestar de los animales, de la batalla contra el señor Jones, de los sueños del viejo Comandante, ella se mostraba indiferente y a menudo cambiaba de conversación, como si el asunto no tuviera mucho que ver con ella. Se sabía que tenía la costumbre de llegar a la ventana de la cocina de la casa de la granja, desde donde venía un olor a azúcar y se podía oír el sonido de voces humanas. Una tarde, cuando los animales acababan de volver del campo, Trébol descubrió a Marieta junto a la valla del extremo del campo. Marieta se había puesto de espaldas a la valla y dejaba que uno de los hombres del señor Pilkington le acariciara el hocico. Había azúcar en el bolsillo del hombre y Marieta estaba recibiendo pedazos de él. Sus crines eran de color rosa escarlata.

Los dos animales se miraron un momento. Luego Marieta se fue corriendo. Trébol no dijo nada a nadie, pero cuando llegó al establo miró alrededor y vio que la cama de paja de Marieta estaba hecha y que el cubo de azúcar estaba casi vacío. Tres noches después, Marieta había desaparecido. Durante varias semanas no se supo nada de ella. Luego los cuervos informaron que la habían visto al otro lado de Willingdon. Iba entre los varales de un coche de vivos colores, y un hombre gordo de cara rojiza, con pantalones de montar, que aparentemente era su nuevo amo, le acariciaba el hocico y le daba azúcar. Marieta nunca fue mencionada después de eso.

Con el frío de enero llegaron dificultades. El maíz escaseaba, y fue necesario suplementar la ración reduciendo otras cosas también. Por primera vez desde la Rebelión llegaron momentos en que las raciones fueran menores que en la época de Jones, aunque los cerdos y los perros no notaron ninguna merma en sus propias raciones. En parte la dificultad se debía al hecho de que el otoño había sido muy bueno y las existencias de cereales eran grandes, pero las ovejas habían comido más de la cuenta.

Las discusiones entre Bola de Nieve y Napoleón se habían vuelto más violentas que antes. Ambos tenían opiniones distintas sobre casi todo. Si uno de ellos proponía sembrar un trozo mayor del campo con avena, el otro diría con toda seguridad que había que sembrar nabos. Cada uno tenía su propio grupo de seguidores y había debates acalorados. En las reuniones del domingo, Bola de Nieve a menudo ganaba el apoyo de la mayoría por sus brillantes discursos, pero Napoleón era mejor para ganar apoyos entre bastidores. Era especialmente hábil con las ovejas, que habían comenzado a interrumpir las reuniones con sus balar de "¡Cuatro patas bueno, dos patas malo!" en momentos cruciales. Se notó que tendían a hacerlo especialmente en momentos en que Bola de Nieve estaba en pleno argumento.

La propuesta más importante de Bola de Nieve era la construcción de un molino de viento. Dijo que el molino podría generar electricidad para toda la granja: electricidad para calentar los establos y los boxes en invierno, para iluminar los edificios y para operar una sierra circular, una trituradora de pienso y una ordeñadora eléctrica. Los animales no habían oído nunca hablar de nada así —la granja, como el resto del distrito, siempre había ido a la luz de velas— y escucharon boquiabiertos. Bola de Nieve pintó cuadros de máquinas fantásticas que harían el trabajo por los animales mientras ellos pastaban a sus anchas en los campos o mejoraban sus mentes con lecturas y conversaciones.

Napoleón, por otro lado, argumentó en contra del molino de viento. Dijo que el mayor peligro que enfrentaban en ese momento era la escasez de alimentos y que si perdían el tiempo con el molino de viento todos morirían de hambre. Los animales estaban divididos. "¡Vota por Bola de Nieve y la semana de tres días!" era el lema de uno de los partidos; "¡Vota por Napoleón y el comedero lleno!" era el del otro. Benjamín era el único animal que no tomó partido. Dijo que no creía que las cosas mejorasen o empeorasen nunca, ni la hambruna ni el bienestar: así había sido la vida según él la entendía.

Por fin llegó el día en que los planes de Bola de Nieve para el molino de viento debían someterse al voto. Cuando los animales estaban reunidos en el granero grande, Bola de Nieve se levantó para dar el discurso que esperaba convencería a los animales a votar a su favor. En mitad del discurso entró Napoleón. Sin ningún aviso previo, Napoleón emitió un sonido extraño, diferente de cualquier sonido que hubiera hecho hasta entonces, y nueve enormes perros con collares de latón se lanzaron al galope hacia el granero. Se lanzaron directamente hacia Bola de Nieve, que sólo se salvó porque tuvo el buen tino de saltar corriendo hacia la puerta. En un momento estaba fuera de la granja y no era más que un punto de fuga en la distancia. Los perros volvieron al galope trotando. Al principio nadie dijo nada. Luego los animales dispersos y mudos fueron volviendo lentamente a sus sitios. Los perros se habían sentado alrededor de Napoleón, y cuando los demás animales fueron entrando, se notó que sus movimientos eran en cierto modo diferentes a como habían sido antes. Los perros gruñeron con fuerza cuando alguno de los cerdos protestó. Cuando los animales se hubieron acomodado y el ruido se hubo acallado, Napoleón se levantó y dijo con voz breve y firme que el molino de viento se construiría.

Luego explicó por qué había expulsado a Bola de Nieve. Bola de Nieve era un traidor y un criminal. Había estado en secreto en contacto con Jones. Una investigación completa de sus documentos —Bola de Nieve los había dejado atrás en su huida— revelaba que casi todos los desastres que habían afectado a la granja en los últimos tiempos habían sido planeados de acuerdo con él. La derrota de la Batalla del Establo de las Vacas también se debía a sus maquinaciones. Había intentado llevar a los animales a la derrota entregando a Jones el conocimiento del plan de defensa. Las ovejas que balaban ahogaron el resto del discurso con su "¡Cuatro patas bueno, dos patas malo!"

Chillón tomó el turno de hablar. Fue muy detallado en sus explicaciones y los animales escucharon atentos. Era claro para todos, dijo Chillón, que Napoleón tenía razón. Habían puesto su confianza en Bola de Nieve y habían sido engañados. Después de todo, Bola de Nieve nunca había mostrado ese coraje en la batalla que todo el mundo le atribuía. Napoleón, por otro lado... Hubo murmullos de aprobación entre los animales, y Chillón siguió: a partir de ese momento había que estar muy atentos, pues había traidores en medio de ellos. Tenían que obedecer las órdenes del camarada Napoleón.

—¿Y por qué no podemos discutir el asunto? —preguntó Boxeador.

—El camarada Napoleón siempre tiene razón —respondió Chillón.

Desde ese día en adelante, todas las órdenes emanarían del Napoleón. Y si había alguna duda, era el deber de cada animal obedecer sin preguntas.
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