Cuando la dama se levantó para ver la murga, se desmoronó, le pareció que todo el bar daba vueltas como en una montaña rusa. El mafioso la sostuvo. Junto con Homero y Sebastián la llevaron al cuarto, la desnudaron. La morenita juntó las ropas y entre todos la acostaron en la impecable cama, la cubrieron con una fina sábana de lino, apagaron las luces y se fueron, (el mafioso enfierrado para saldar la cuenta pendiente) mientras oían el cantito de las pardas que cerraban el desfile: “Al negro de mis amores, no le gustan los mirones... Me aprieta en la madrugada, pa’legrarme la mañana… Al negro de mis amores, no le gustan los mirones... Apaguen las luces de la ciudá, que al negro le gusta la oscuridá...”