Ella soñó que la asaltaban, que entregaba el dinero que llevaba (el pago por su trabajo en el tango club), que defendía al muleto con su vida, que le daban un puntazo en el vientre, como una operación de apéndice, sin necesidad ni anestesia. En ese delirio somnoliento, sintió que brotaba de sus venas una dolorosa flor carmesí.
Se despertó, con un grito, en el momento en que los adoquines se cubrían con su sangre, y vio que estaba en la guardia de un hospital, se levantó, y notó temblando en la bata, una suave mancha carmín a la altura del vientre. El médico, canas en la cabeza, barbilla en punta, le dijo que la trajeron dos viejos que la habían encontrado perdida y mareada en los bulevares cercanos y que la próxima vez evite tomar tanto alcohol. Con una sonrisa cómplice y fraternal una morenita, alma blanca y piel carbón, le entregó el esmoquin, el corbatín, la ropa interior y la camisa lavadas y planchadas. El traje lo traía de la tintorería. El listón del pantalón y las solapas del saco, como las botitas de charol recién lustradas, relucían como un espejo, bruñido y viejo y brillaban como el pellejo del bailarín. Vislumbró una sonrisa franca de dientes africanos, una mirada plena de dulzura como una estrella en el cielo de crespón.