Unas compañeras de la orquesta tanguera vinieron a buscarla, se sentía ridícula al vestirse con ese luto canero, y sus ojos se licuaron cuando abrió el estuche del violín y vio al muleto impecable, todavía con el polvo de la resina. Las músicas le dieron el celular que había olvidado en el tango club, la acompañaron a su casa, ella le contó su llegada al bar y las bandoneonistas, entre las bromas por su desmayo licoroso, le preguntaron:
—¿Cuántos negronis tomaste?”
Y ella contestó:
—No sé, tres o cuatro.
—Que aguante flaca ¿Sola?
—Con un viejo muy amable que me contaba historias siniestras.
—¿Y después te lo llevaste pa’l cuarto?
—No me acuerdo, con el viejo seguro que no.
—¿Y con quien, entonces, viste la luz del día?
Ella vislumbró un cuerpo sudoroso de un subsahariano, un yoruba de Nigeria, oscuro y viejo, con unos labios enormes que la besaban y unas manos firmes que la acariciaban mientras sentía un deleite supremo, pero todo parecía no ser más que un sueño y, para salir del apuro les dijo a las amigas:
—Con la enfermera de la guardia, la que me trajo la ropa y el violín.
—Poco cierto, dale contanos la verdad… Si se te nota que tuviste una alegría. Dale, queremos los detalles de la milonga— dijeron rezongando las bandoleras.
Ella se detuvo, aún la resaca castigaba su nuca y en su cerebro se mezclaron las milongas. Una combinación de recuerdos y sueños que la hicieron trastabillar. Las rodillas se le aflojaron, en su mente una enagua de música la atropelló. Milonga pa´recordarte, milonga sentimental… tal vez te provoque risa verme tira… Me acuerdo, fue en Balvanera en una noche lejana…Vaya pues esta milonga para…
Las mujeres que la franqueaban se frenaron y previniendo el mareo de la amiga, la sostuvieron:
—¿Estás bien?
—Sí, sí, un “déjà vu”, ya pasó.
—Lo del sábado próximo se suspendió, nos vamos de joda, ¿venís?
—Huy, un sábado sin chicharras, ni sirenas... creo que me quedaré estudiando.
Las tres mujeres tuvieron que desviarse porque la policía había precintado las calles cercanas al hogar de la violinista. Dos ladrones con frondosos antecedentes yacían inertes boca abajo; era evidente que habían sido liquidados tras el desfile de las murgas. Dos balas certeras de un calibre en desuso los habían expatriado para siempre y los hampones no tendrían otro destino que el de mudarse a la “quinta del ñato”. Un charco de sangre los enmarcaba en la callejuela infectada por oficiales y ambulancias. Unas partituras con tangos instrumentales revoloteaban por las veredas del bulevar, huyendo del patético espectáculo. Todo parecía un crimen mafioso, como en los viejos tiempos.