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Martín Fierro

Canto XI

Hernández, José · 1872

– XI –
A otros les brotan las coplas
como agua de manantial:
pues a mí me pasa igual
aunque las mías nada valen,
de la boca se me salen
como ovejas del corral.

Que en puertiando la primera
ya la siguen las demás,
y en montones las de atrás,
contra los palos se estrellan,
y saltan y se atropellan
sin que se corten jamás.

Y aunque yo por mi inorancia
con gran trabajo me esplico,
cuando llego a abrir el pico,
téngalo por cosa cierta,
sale un verso y en la puerta
ya asoma el otro el hocico.

Y emprésteme su atención
me oirá relatar las penas
de que traigo la alma llena-
porque en toda circunstancia
paga el gaucho su inorancia
con la sangre de sus venas.

Después de aquella desgracia
me refugié en los pajales,
anduve entre los cardales
como bicho sin guarida-
pero, amigo, es esa vida
como vida de animales.

Y son tantas las miserias
en que me he sabido ver
que con tanto padecer
y sufrir tanta aflición,
malicio que he de tener
un callo en el corazón.

Ansí andaba como guacho
cuando pasa el temporal-
supe una vez pa mi mal
de una milonga que había,
y ya pa la pulpería
enderecé mi bagual.

Era la casa del baile
un rancho de mala muerte,
y se enllenó de tal suerte
que andábamos a empujones-;
nunca faltan encontrones
cuando el pobre se divierte.

Yo tenía unas medias botas
con tamaños verdugones-
me pusieron los talones
con cresta como los gallos
si viera mis afliciones
pensando yo que eran callos.

Con gato y con fandanguillo
había empezao el changango
y para ver el fandango
me colé haciéndome bola-
mas, metió el diablo la cola,
y todo se volvió pango.

Había sido el guitarrero
un gaucho duro de boca-
yo tengo pacencia poca
pa aguantar cuando no debo,
a ninguno me le atrevo
pero me halla el que me toca.

 A bailar un pericón
con una moza salí,
y cuanto me vido allí
sin duda me conoció-
y estas coplitas cantó
como pa reírse de mí:

«Las mujeres son todas

»como las mulas-

»yo no digo que todas

»pero hay algunas

»que a las aves que vuelan

»les sacan plumas».

«Hay gauchos que presumen

»de tener damas-
»no digo que presumen

»pero se alaban

»y a lo mejor los dejan

»tocando tablas».

Se secretiaron las hembras-
y yo ya me encocoré-
volié la anca y le grité
«deja de cantar… chicharra».
Y de un tajo a la guitarra
tuitas las cuerdas corté.

Al punto salió de adentro
un gringo con un jusil-
pero nunca he sido vil,
poco el peligro me espanta
yo me refalé la manta
y la eché sobre el candil.

Gané en seguida la puerta
gritando: -«naides me ataje»
y alborotao el hembraje
lo que todo quedó escuro,
empezó a verse en apuro
mesturao con el gauchage.

El primero que salió
fue el cantor y se me vino-
pero yo no pierdo el tino
aunque haiga tomao un trago
y hay algunos por mi pago
que me tienen por ladino-.

No ha de haber achocao otro-
le salió cara la broma;
a su amigo cuando toma
se le despeja el sentido,
y el pobrecito había sido
como carne de paloma.

Para prestar un socorro
las mujeres no son lerdas-
antes que la sangre pierdan
lo arrimaron a unas pipas-
ay lo dejé con las tripas
como pa que hiciera cuerdas.

Monté y me largué a los campos
más libre que el pensamiento,
como las nubes al viento
a vivir sin paradero.
Que no tiene el que es matrero
nido, ni rancho, ni asiento.

No hay fuerza contra el destino
que le ha señalado el cielo-
y aunque no tenga consuelo
aguante el que está en trabajo
¡naides se rasca pa abajo!
¡ni se lonjea contra el pelo!

Con el gaucho desgraciao
no hay uno que no se entone-
¡la menor falta lo espone
a andar con las avestruces!
Faltan otros con más lucez
y siempre hay quien los perdone.
Canto X
Canto XII