Capítulo X
George Orwell
Los años pasaron. Las estaciones iban y venían, las cortas vidas de los animales transcurrían. Llegó un tiempo en que no había ningún animal que recordase las condiciones anteriores a la Rebelión, excepto Trébol, Benjamín, Moisés el cuervo, y un número de cerdos.
Muriel había muerto; Fiel, Jessie y Manchas habían muerto también. Jones había muerto también, en un hogar de bebedores en otra parte del condado. Ahora el señor Frederick y Pilkington eran más amigos. La granja era más próspera y mejor organizada que en los tiempos de Jones. Había más tierra cultivada, más animales, mejores instalaciones en los establos. Había un molino de viento nuevo, más elegante que el antiguo. La granja vendía trigo, papas y diversas cosas, y tenía un trato creciente con las granjas vecinas.
Había, sin embargo, muchos animales que no podían recordar los días de Jones y que nunca habían visto otra vida. No conocían otra cosa que la vida de la Granja Animal. Los animales que llegaban nuevos aprendían las reglas de la granja, que se habían reducido a un solo Mandamiento: "Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros". Este Mandamiento fue escrito en la pared del granero. Los demás Mandamientos habían sido borrados o se habían vuelto ilegibles con el tiempo.
Napoleón caminaba ahora en dos patas. Los cerdos habían aprendido a caminar en dos patas. Esto empezó como algo ocultado en la oscuridad del granero, pero pronto fue cada vez más abierto. Los cerdos llevaban ahora látigos en sus patas, y cuando los animales les miraban en silencio, los cerdos les miraban con ojos fríos y blandían los látigos. Chillón caminaba por los campos a paso lento con un látigo en su trótula. Los cerdos llevaban ropa. Los perros y los cerdos tenían sus comidas en la cocina de la casa de la granja.
Luego llegó el día en que Napoleón invitó a una serie de granjeros vecinos a que vieran la Granja Animal. Había allí también el señor Pilkington. Después de la visita, fueron todos a la sala de la casa de la granja y Napoleón presidió la mesa. Se oyeron risas y canciones. Trébol se atrevió a mirar por la ventana. Los cerdos y los seres humanos estaban sentados juntos a la mesa, jugando a las cartas.
Napoleón estaba haciendo un discurso en el que dijo que la Granja Animal —corrigió y dijo Granja Manor— siempre había sido un buen vecino, siempre había sido respetable, siempre había tenido buenas relaciones con sus vecinos humanos. En el futuro estas relaciones serían incluso mejores. Añadió que los animales de la granja seguirían trabajando duro. Luego el señor Pilkington hizo también un discurso, en el que dijo que la Granja Animal era un modelo para todas las granjas del condado. Los animales de sus propias granjas podrían tomar ejemplo de los animales de la Granja Manor. Brindaron con cerveza.
Pero en ese momento Napoleón y el señor Pilkington habían sacado al mismo tiempo un as de espadas. Doce voces gritaron con ira, y sonaron iguales. No había duda de lo que había pasado en los rostros de los cerdos. Afuera, los animales miraban de cerdo a hombre, de hombre a cerdo, y de cerdo a hombre otra vez; pero ya era imposible decir cuál era cuál.