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← Rebelión en la Granja

Capítulo IX

George Orwell

La pezuña de Boxeador tardó bastante en curar. Habían comenzado la reconstrucción del molino al día siguiente de la batalla. Boxeador se negó a tomarse ni un solo día de descanso, y en secreto se enorgullecía de que los demás no se dieran cuenta de su cojera.

Pronto resultó evidente que los animales pasaban más hambre que nunca. A excepción de los cerdos y los perros, no había ningún animal que no sintiera el hambre constantemente. A veces se hablaba de que las cosas eran mejores que en la época de Jones, y que la cosecha había sido mayor. Pero a ninguno de los animales les quedaba nada. Las raciones se reducían una y otra vez y siempre con alguna explicación plausible: que era necesario guardar reservas para el invierno, que era necesario guardar reservas para los gastos de reconstrucción del molino. Chillón tenía siempre a mano las estadísticas para demostrar que la producción había aumentado. Los animales creían a Chillón y no creían a sus propios estómagos vacíos.

Moses el cuervo volvió a la granja después de muchos años de ausencia. Era el mismo de antes, sin haber cambiado nada, sin trabajar como siempre, y hablando del Monte del Azúcar. Se posaba en el tocón de un árbol y hablaba durante horas seguidas a cualquiera que quisiera escucharle. "Allá arriba, camaradas", decía con gravedad, señalando el cielo con su largo pico negro, "allá arriba, más allá de las nubes oscuras, está el Monte del Azúcar, ese bendito país donde nosotros, los pobres animales, hemos de descansar para siempre de nuestros trabajos". Afirmaba conocerlo de cierta fuente. Habíalo visitado. Era un lugar de clover, de linseed cake y azúcar de remolacha que crecían en los setos. Los cerdos dijeron que estas historias eran disparates, pero hicieron una cosa extraña: le permitieron quedarse en la granja y hasta le daban una ración diaria de cerveza.

Las ceremonias y discursos en honor de Napoleón se multiplicaron. Había un poema en su honor colgado de la pared del granero mayor junto a los Siete Mandamientos. Se decía que Napoleón era Padre de Todos, Terror de la Humanidad, Protector del Rebaño, Amigo de los Patitos, y recibía todos estos títulos con calma y dignidad. Las ovejas habían adoptado un nuevo lema que berreaban constantemente cuando llegaba algún humano: "¡Cuatro patas bueno, dos patas malo!". Pero al final del verano los cerdos descubrieron que las ovejas debían aprender un nuevo lema. Las ovejas se reunieron en el campo durante una semana completa y cuando volvieron al patio principal, de pronto lanzaron al unísono su nuevo grito: "¡Cuatro patas bueno, dos patas mejor!".

En ese mismo otoño, Boxeador comenzó a notar que se debilitaba. Trabajaba tan duro como antes, quizás incluso más, pero su fuerza no era la misma. A veces, cuando arrastraba una piedra enorme colina arriba, notaba que sus músculos cedían a mitad del camino. Podía verlo en sus propios ojos, que antes brillaban con fuerza y ahora parecían apagados. En otoño cumplió doce años y perdió sus dientes delanteros. Boxeador nunca había querido pensar demasiado en el futuro, pero ahora empezó a pensar en la jubilación que le esperaba cuando cumpliera los doce años. En el campo de más allá del huerto había un prado apartado que los cerdos habían dicho que se reservaría para los animales jubilados. El nombre del campo era el Prado de los Viejos. Boxeador empezó a pensar en esos largos días de descanso que pasaría en ese prado, estudiando y aprendiendo las letras del alfabeto que nunca había aprendido del todo.

Pero a principios del verano ocurrió algo extraño. Boxeador estaba trabajando en la cantera cuando de repente cayó sobre sus rodillas y fue incapaz de levantarse. Cuando los animales corrieron hacia él, vieron que había sangre en sus labios y que su respiración era dificultosa. Trébol se arrodilló junto a él. —¡Boxeador! —dijo—. ¿Cómo estás?

—No es nada —dijo Boxeador, pero su voz era débil—. Creo que me he golpeado el pulmón. En unos días estaré bien. Me alegra, sin embargo, haber vivido lo suficiente para ver que el molino está terminado.

Los animales volvieron lentamente a la granja mientras Trébol y Benjamín se quedaban junto a Boxeador. Cuando llegó el atardecer, Chillón vino a decirles que Napoleón había ordenado que Boxeador fuera llevado al hospital de Willingdon para que lo trataran.

Al día siguiente un furgón llegó a la granja. Estaba pintado de verde y tenía letras en el costado. Los animales miraron curiosos mientras Boxeador era sacado del establo. Estaba muy débil y apenas podía andar. Benjamin empezó a leer lo que ponía en el costado del furgón. Fue el primero en comprender lo que estaba pasando.

—¡Es la furgoneta del matadero! —gritó—. ¡Llevan a Boxeador al matadero!

Los demás animales saltaron, chillaron y huyeron. Boxeador miró desde el interior de la furgoneta. Sus grandes ojos mostraban confusión.

—¡Camaradas! —gritó Trébol—. ¡No te vayas! ¡Salta! ¡Salta de la furgoneta!

Pero los lados de la furgoneta eran demasiado altos para que Boxeador pudiera saltar. Los animales vieron la furgoneta alejarse por el camino y desaparecer.

Tres días después Chillón anunció que Boxeador había muerto en el hospital de Willingdon, a pesar de todos los cuidados y de la mejor atención médica. Había muerto pronunciando las palabras "¡Viva la Granja Animal! ¡Viva el camarada Napoleón! ¡Napoleón siempre tiene razón!" Chillón dijo que los animales podían estar seguros de que todas las insinuaciones maliciosas sobre Boxeador —especialmente las de que la furgoneta era un vehículo del matadero— eran completamente falsas. Las palabras "Alfred Simmonds, matadero de caballos y cola de cuero, Willingdon" que Benjamín había leído eran un viejo rótulo que no había sido borrado y que aún estaba en el costado de la furgoneta. Napoleón había comprado la furgoneta a una empresa de pompas fúnebres que aún no había borrado el rótulo anterior.

Al mismo tiempo se anunció que los cerdos habían obtenido dinero de alguna parte para comprar whisky, y que habría una fiesta la próxima semana.
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