Esa noche, al salir del tango club, cargó su violín, se despidió de los músicos y encaró la vuelta a su casa. Para abreviar el camino, se internó por unas híbridas hipotenusas adoquinadas. Las amarillentas luces de los faroles demostraban una garúa incómoda y casi imperceptible, mientras el bicherío se agolpaba desesperado buscando esos soles artificiales. Era carnaval, las calles estaban cortadas por los corsos, las murgas con sus toscos parches le impedían el cruce. Terminó perdiéndose en oscuros y solitarios empedrados. Se despistó mientras improvisaba cuartetas en dos por cuatro y seis por ocho, polirritmias cerebrales que pocas veces llegaban al papel. Caminó por sitios desconocidos, alejándose de las luces carnavalescas e internándose en la oscuridad. Alguna chicharra desvelada musicalizaba su viaje. En ese agobiante laberinto arrabalero, que parecía no tener fin, vio movimientos extraños. De la nada se le aparecieron unos tipos encapuchados con la mirada dura y cruel. Vislumbró el brillo de sus navajas, nada bueno podía esperar. Calá, calá, que sopla el viento... Calá, calá, calamidad... Huyó apurando sus botitas de charol, negro y reluciente, que repicaban un remedo candombero: Punta y talón, látigo y tambor, breves pizzicatos, amplio vibrato, cartel de neón, punta y talón.
Vio un letrero de un verde apagado y funesto, algunas letras parecían mudas, intuyó que decía algo como “Bar del carpintero”. Se acercó y vio que estaba abierto, era un lugar casi desconocido, lo percibió como un aguantadero, como su salvación. El sitio permanecía inmóvil y fuera del tiempo. Ahí, en la pared, detrás del mostrador, impactaba la profusión de botellas con etiquetas coloridas y gastadas.
Entró al lugar boqueando por el apuro y el único parroquiano que estaba sentado en la barra, vestido con un traje azul a rayas, pasado de moda, de mafioso, canas en la cabeza, barbilla en punta, bigotes manchados de tabaco, pucho vencido en los labios, la saludó y le dijo:
—¿Músico?…