No era muy difícil adivinar su profesión, vestía un esmoquin, un corbatín negro y una camisa blanca, uniforme orquestal, luto fulero, maldito carnaval, falso milonguero, el violín en la espalda, estuche averiado, apretadas las nalgas por un miedo apagado. No le contestó…
—Tranquilidad, afloje, respire profundo, acá es seguro...
—Hay… unos tipos… me siguen.
—No se haga problema, yo me hago cargo, esos no van a molestar nunca más. Venga, siéntese, yo invito, ¿Qué quiere tomar?
No le respondió, el susto no le permitía hablar, pero se sentó junto a él en lo que parecía ser la única mesa iluminada, entonces llegó una morenita, que les dijo:
—Buenas… ¿Qué desean?
El hombre le contestó:
—Lo de siempre.
—Un Fernando, 30/70, ¿y Usted?
La morenita le tiró un menú y la persona, asustada y temblorosa, leyó en voz alta: “Negroni”.
—Marche un Fernando y un Negroni.
El tipo le dijo:
—Fernando Negroni ¿Lo conoce?
—No
—Usted no es un caballero.
—¿Importa?
—Pero está ataviado como hombre, es un travestido...
—No, para nada, mire, le explico, toco en una orquesta de “señoritas”: “Los Falsos Canyengues”. Somos dos violines, dos bandoneones, piano y contrabajo y nos vestimos como hombres para ser, supongo, más respetadas. Tocamos en los salones para que los asistentes bailen, mucha milonga, puro tango. Bailar con grabaciones, para mí, es una traición. Nosotras vamos siguiendo a las parejas y cuando vienen los que saben, los esperamos en los cortes y las quebradas.
Ella se descolgó el violín notando un tajo en la funda, sus ojos se entristecieron, y con ternura acarició la tela rasgada. El mafioso, viendo el cariño de la dama, preguntó:
—¿Es un instrumento valioso?
—Es el “muleto”, un violín que me acompaña desde mi adolescencia cuando fui grande para el un medio. Es un siete octavos, una rareza, un violín italiano, remedo de un Amati. Tengo otro hecho por un luthier, pero el muleto es puro tango, elegante, milonguero y sentimental, hiriente y brillante como el filo del puñal.
—¿Por qué “muleto”?
—Era el nombre que llevaba en el estuche original… por el barniz oscuro, supongo, o porque es más corto que el cuatro cuartos. Mi padre se lo compró a un anticuario en Monserrat.
—Acá cerca, en el barrio del tambor, solía haber ferias de antigüedades. ¿Ahí lo habrá comprado?
—No sé… Casi que se lo regalaron. Papá lo mandó a reparar y el luthier lo dejó impecable y ni le quiso cobrar. Fue el mejor regalo de mis quince…
—¿Y su nombre, señorita?
—Nunca lo sabrá, ¿y el suyo?
—He tenido varios…
La morenita trajo los vasos con esos líquidos oscuros y brillantes, los cubos de hielo se apelmazaban, presos del vidrio, sin esperanza de sobrevivir a su lenta agonía.
El hombre levantó el “highball” con la bebida mulata, de fernet y coca–cola, coronada por una rodaja de limón:
—Salud.
—Salud.
Brindaron, el tintinear de las copas evocaba los satánicos armónicos de “La Campanella”, el hombre se bajó de un trago su bebida y le preguntó:
—¿Sabe que quien brinda con un desconocido puede pedir un deseo?
—No.
—Pida lo que quiera.
—No sé, me gustaría tocar bien en el concurso que tengo en abril para entrar a la Sinfónica.
—Hecho, le irá bien... El cargo será para usted.
—¿Y su deseo?
—Volver a brindar… ¡Otro, morena!