Muerte en el aula
Whitman, Walt · 1841
«Muerte en el aula», de Whitman, Walt (1841), es un cuento de dominio público disponible en su versión completa y gratuita en literatura.ar. El texto puede leerse online, sin registro, desde Argentina y cualquier parte del mundo.
—¡Tim Barker, acércate aquí!
El maestro del distrito, hombre de mediana edad llamado Lugare, pronunció estas palabras en voz alta y áspera. La escuela estaba en plena sesión: unas cuarenta criaturas, de edades que iban desde los cuatro años hasta los dieciséis, ocupaban los bancos que bordeaban las paredes de la sala. Era un día de verano, sofocante; las ventanas estaban abiertas, y de vez en cuando entraba un soplo de aire tibio que apenas perturbaba el calor que reinaba dentro. Las moscas zumbaban, los niños más pequeños se removían inquietos, y sobre todo aquello pesaba la opresiva autoridad de Lugare.
Tim Barker era un muchacho de unos doce años, delgado, de aspecto enfermizo. Se levantó lentamente de su banco, con movimientos torpes, como si le costara trabajo mantenerse en pie. Tenía el rostro pálido, de un color ceniciento que contrastaba con la rojez habitual de los demás niños en aquella jornada de calor. Caminó hacia el centro de la sala arrastrando un poco los pies.
Lugare lo observó con ojos duros mientras el chico avanzaba. Había algo en la actitud lánguida de Tim que lo irritaba sobremanera; la interpretaba como insolencia, como una provocación deliberada hacia su autoridad. Era un hombre que gobernaba su escuela con mano de hierro, convencido de que la disciplina severa era el único método para inculcar el saber en las mentes de los jóvenes.
—Se te ha visto dormir durante la lección —dijo Lugare, cuando Tim quedó parado frente a él—. Ya van dos veces esta semana. ¿Tienes algo que decir en tu defensa?
El muchacho alzó los ojos hacia el maestro. Tenía una mirada extraña, como de alguien que regresa de muy lejos. Sus labios se movieron, pero no salió sonido alguno de ellos.
—¿Nada? —dijo Lugare, y en su voz había un filo de satisfacción cruel—. Entonces sufrirás el castigo.
Varios de los alumnos mayores intercambiaron miradas furtivas. Algunos conocían a Tim Barker fuera de la escuela; sabían que el chico había estado enfermo los últimos días, que su madre lo había enviado a clase aquella mañana a pesar de todo porque temía la ira del maestro si faltaba sin justificación. Pero ninguno habló. El silencio era la norma suprema en aquel lugar.
Lugare tomó la vara que guardaba apoyada en el escritorio. Era una varilla larga y flexible, de madera clara, que había usado con frecuencia. La sopesó en la mano con un gesto casi ceremonial.
—Extiende las manos —ordenó.
Tim obedeció. Sus manos, delgadas y de dedos largos, temblaban levemente. La piel tenía ese tono traslúcido de quien lleva semanas sin dormir bien, sin comer bien, consumido por algún mal que los médicos de aquella época rural apenas sabían nombrar.
El primer golpe cayó. El muchacho no gritó; emitió un sonido ahogado, casi inaudible. El segundo golpe. Sus rodillas cedieron ligeramente, pero se sostuvo. El tercero.
Entonces Lugare se detuvo. Algo en la actitud del chico lo desconcertó. Tim no lloraba, no suplicaba, no protestaba: simplemente estaba ahí, de pie, con las manos extendidas, mirando al frente con aquella mirada lejana que tanto había irritado al maestro.
—¿Qué te pasa? —preguntó Lugare, con un tono que mezclaba la irritación con algo que quizás era, aunque él no lo habría reconocido, una sombra de inquietud.
Tim no respondió.
Uno de los alumnos mayores, un muchacho robusto de dieciséis años llamado Charles, se puso de pie sin pedir permiso.
—Señor Lugare —dijo—, Tim lleva días muy enfermo. Su madre me lo dijo ayer. Creo que no está bien.
—Siéntate —dijo Lugare con brusquedad—. Nadie te ha pedido tu opinión.
Charles se sentó, pero no apartó los ojos de Tim.
Lugare miró al chico que tenía delante. La irritación no había desaparecido, pero había algo que lo detenía: la quietud absoluta del muchacho, esa quietud que ya no parecía insolencia sino otra cosa, algo que Lugare no sabía cómo clasificar.
—Vuelve a tu sitio —dijo al fin, con menos fuerza en la voz de la que hubiera querido.
Tim Barker no se movió.
—¿Me has oído? Vuelve a tu sitio.
El chico seguía inmóvil. Sus ojos estaban abiertos, fijos en un punto indefinido de la pared del fondo. Las manos, que había mantenido extendidas durante el castigo, habían caído lentamente a sus costados.
Lugare dio un paso hacia él y le puso una mano en el hombro. En el momento en que lo tocó, sintió algo que hizo que la sangre se le helara: el cuerpo del muchacho cedió hacia un lado con una languidez que no era la de alguien que se resistía ni la de alguien que se desmayaba, sino la de algo que ya no ofrecía resistencia alguna porque ya no había nadie dentro.
—¡Tim! —exclamó.
El chico se desplomó. Lugare apenas pudo sujetarlo; lo bajó torpemente hasta el suelo, sosteniéndole la cabeza. La sala entera se había levantado de golpe; los niños más pequeños comenzaron a llorar sin saber bien por qué; los mayores se agolparon alrededor, en silencio, con los ojos muy abiertos.
Charles fue el primero en arrodillarse junto al cuerpo.
—Está muerto —dijo en voz baja, con una calma que era peor que el llanto.
Lugare se quedó mirando el rostro del muchacho. La palidez que antes le había parecido una afrenta, una manifestación de pereza o de descaro, era ahora la palidez de la muerte, o quizás lo había sido todo el tiempo, y él no había querido verla.
Fuera seguía el día de verano, con su calor inmóvil, sus moscas, su cielo azul e indiferente. Dentro, en aquella sala de madera donde cuarenta niños aprendían las letras y los números bajo la mano severa de Lugare, el maestro se quedó arrodillado junto a Tim Barker y comprendió, con una claridad que lo acompañaría el resto de su vida, que había castigado a un niño moribundo.
No hubo escuela el resto de aquel día. Los niños fueron enviados a sus casas en silencio. Lugare se quedó solo en el aula vacía, sentado en su silla, con la vara de madera sobre el escritorio, incapaz de pensar y sin embargo incapaz de dejar de pensar.
Tim Barker fue enterrado dos días después. El médico dijo que había muerto de una fiebre que venía consumiéndolo desde hacía semanas, una de esas fiebres sin nombre que se llevaban a los niños del campo en los veranos largos. Nadie acusó formalmente a Lugare de nada. Pero en el pueblo todo el mundo sabía, y Lugare también lo sabía, que las últimas sensaciones que Tim Barker había registrado en este mundo habían sido los golpes de su vara.