Don Paulo
Storni, Alfonsina · 1938
«Don Paulo», de Storni, Alfonsina (1938), es un cuento de dominio público disponible en su versión completa y gratuita en literatura.ar. El texto puede leerse online, sin registro, desde Argentina y cualquier parte del mundo.
Don Paulo era maestro de piano. Vivía en una pensión de la calle Corrientes, en un cuarto que daba al patio. Tenía cincuenta años, era bajo, grueso, con los ojos pequeños y brillantes como botones de azabache.
Cada mañana, a las nueve en punto, abría la puerta de su cuarto, cruzaba el patio con pasos cortos y rápidos, y se instalaba en el salón donde estaba el piano. Allí lo esperaban sus alumnos: una niña de doce años llamada Rosa, un joven estudiante de medicina que quería aprender valses para lucirse en las reuniones, y una señora mayor que soñaba con interpretar a Chopin antes de morir.
Don Paulo los hacía sentar en el banco del piano por turno. Jamás sonreía. Escuchaba con los brazos cruzados, los ojos fijos en las manos del alumno, y cuando éste cometía un error —que era siempre— daba un golpecito con el dedo índice sobre el teclado y decía, con una voz fría y precisa: «Otra vez.»
«Otra vez.»
«Otra vez.»
La niña Rosa lo temía. Llegaba a la lección con los dedos helados aunque fuera verano. Don Paulo lo sabía. Observaba cómo ella posaba las manos trémulas sobre las teclas, y esperaba. Cuando ella erraba —y ella erraba porque él la hacía errar con su silencio de piedra—, él no gritaba, no insultaba. Sencillamente decía: «Usted nunca aprenderá.»
Esas palabras caían como sentencias.
El joven estudiante de medicina aguantaba las lecciones con resignación masculina. Le importaba poco lo que Don Paulo pensara de él. Pero la señora mayor, la que soñaba con Chopin, sufría. Había llegado al piano tarde en la vida, con las manos ya rígidas de tanto coser y limpiar, y Don Paulo lo sabía. La miraba con esa leve sonrisa que era casi una mueca y decía: «El piano no perdona los años perdidos.»
Un día, Rosa se equivocó tres veces seguidas en el mismo compás. Don Paulo se acercó al banco, le apartó las manos del teclado con suavidad —con una suavidad que era peor que cualquier golpe— y tocó él mismo la frase, perfectamente, sin mirarla.
Luego se levantó y dijo: «La lección ha terminado.»
Rosa recogió sus cuadernos y salió al patio. Desde adentro, Don Paulo la oyó llorar. Siguió sentado frente al piano, en silencio, con las manos sobre las rodillas.
Nadie supo nunca si aquello lo alegraba o le dolía. Quizás él mismo no lo sabía.
Lo cierto es que al día siguiente, a las nueve en punto, volvió a abrir la puerta, cruzó el patio con sus pasos cortos y rápidos, y se sentó en el banco del piano a esperar.