El mortal inmortal (The Mortal Immortal)
Shelley, Mary · 1833
«El mortal inmortal (The Mortal Immortal)», de Shelley, Mary (1833), es un cuento de dominio público disponible en su versión completa y gratuita en literatura.ar. El texto puede leerse online, sin registro, desde Argentina y cualquier parte del mundo.
16 de julio, año 17—
¡El más miserable de los seres humanos! ¡El más mísero de los inmortales! Marchito, aunque no muerto; persistente, aunque exhausto de existir. ¿Cuántos años han pasado ya? ¿Seiscientos? No, apenas trescientos veintitrés. Y sin embargo, el tiempo pesa sobre mí como si hubieran sido mil.
Escribo esto hoy, en esta fecha que he señalado como el límite de mi paciencia. No es que haya tomado una decisión definitiva —nunca he sabido tomar decisiones definitivas, lo cual quizás es parte de mi problema—, sino que necesito poner en orden mis pensamientos antes de emprender la última aventura de mi muy larga vida.
No soy inmortal. Eso es lo que quiero creer. El brebaje que bebí —el elixir de la vida, preparado por el gran Cornelio Agrippa— puede ser que confiera longevidad sin término conocido, pero no necesariamente la inmortalidad absoluta. Esa distinción me ha sostenido durante siglos. Quizás exista algo que pueda matarme. Quizás simplemente aún no lo he encontrado.
Pero comencemos por el principio.
Soy Winzy. Nací en Cornualles alrededor del año 1490. Fui enviado a Ginebra a estudiar, y allí tuve la fortuna —o la desgracia— de convertirme en el pupilo preferido de Cornelio Agrippa. El nombre de ese hombre es famoso en los anales de la ciencia y de la filosofía oculta, aunque algunos lo llamen charlatán. No era un charlatán. Era un hombre de inteligencia extraordinaria, de erudición vasta y de una dedicación absoluta a sus estudios. Si sus métodos rozaban lo que los hombres piadosos llamarían brujería, sus intenciones eran siempre las de un filósofo que busca la verdad.
Yo era su asistente. Preparaba sus materiales, copiaba sus manuscritos, vigilaba sus experimentos durante las largas noches. Era un trabajo que requería paciencia y precisión, y yo las tenía. Pero mi corazón no estaba del todo en los libros: estaba con Bertha.
Bertha era huérfana. Su padre había sido amigo de Agrippa, y al morir le había encomendado la tutela de la niña. Crecimos juntos, Bertha y yo, en esa casa llena de libros y retortas y olores extraños. Desde niños fuimos compañeros de juego; de adolescentes, amigos inseparables; y cuando cumplimos veinte años, yo al menos, estaba profundamente enamorado de ella.
Bertha era hermosa. Tenía el cabello negro como el ala del cuervo y los ojos de un castaño cálido que podían volverse fríos como el hielo cuando ella lo decidía. Era inteligente y vivaz, con una lengua afilada que podía herir o acariciar según su capricho. Yo era su adorador más fiel, y ella lo sabía, y se aprovechaba de ello con una crueldad que yo entonces confundía con coquetería.
Agrippa tenía otros planes para ella. Deseaba casarla con Albert Hoffer, un mercader rico de la ciudad, un hombre de mediana edad con una fortuna considerable y una cara que no habría ganado ningún concurso de belleza. Bertha protestaba, pero con poca convicción: Albert Hoffer era rico, y la riqueza tenía sus atractivos para una joven que había crecido en la pobreza relativa del hogar de un filósofo.
Yo me consumía de celos y de amor. Trabajaba durante el día con la diligencia de siempre, pero por las noches, cuando debía vigilar los experimentos de Agrippa, mis pensamientos eran todos para Bertha.
Una tarde de noviembre —nunca olvidaré esa tarde— Bertha me anunció su decisión de aceptar la propuesta de Albert Hoffer. "Es un buen hombre", me dijo, con esa mezcla de indiferencia y crueldad que era su manera de ser. "Me dará una buena vida. ¿Y tú qué puedes darme, Winzy? ¿Años de pobreza mientras estudias la locura de ese viejo?" Señaló con desdén hacia el laboratorio de Agrippa.
No respondí. No tenía palabras. Me alejé de ella y me encerré en el laboratorio, aunque en aquel momento habría preferido estar en cualquier otro lugar del mundo. Era mi noche de guardia y tenía que vigilar cierto líquido que hervía lentamente sobre una llama baja. Agrippa había sido muy preciso en sus instrucciones: el fuego no debía aumentar ni disminuir, y el líquido no debía evaporarse.
Estaba sentado junto al fuego, con la mente llena de Bertha y el corazón lleno de amargura. El laboratorio estaba frío a pesar de las llamas; afuera soplaba un viento de noviembre que se colaba por las grietas de las ventanas. Había sobre la mesa varios frascos con distintos líquidos, y entre ellos, uno que exhalaba un aroma extraordinariamente agradable, cálido y dulce, que se mezclaba con el humo del fuego.
En un momento de distracción —y también, debo confesarlo, en un momento de desesperación que me hacía indiferente a todo— tomé ese frasco y bebí de él. No fue un accidente completo: era la clase de acto que uno comete cuando el dolor es tan grande que la prudencia se evapora. Bebí sin pensar, sin preguntar, sin importarme las consecuencias.
El líquido era dulce y cálido. Un calor agradable se extendió por todo mi cuerpo. Mi angustia se disipó. No me sentí borracho —no era un vino ni un licor lo que había bebido— sino sereno, casi feliz, como si el peso de la vida se hubiera aligerado de repente.
Cuando Cornelio Agrippa regresó al laboratorio, encontró el frasco vacío. Su reacción fue inesperada. Palideció, se acercó a mí y me tomó el pulso con manos temblorosas. Me miró a los ojos con una intensidad que me perturbó. "¿Bebiste todo eso?" preguntó. "Sí", respondí. "¿Por qué? ¿Es veneno?" "No", dijo él lentamente. "No es veneno. Es lo contrario." Y no me explicó más.
Agrippa murió pocas semanas después. Una enfermedad fulminante se lo llevó antes de que yo pudiera interrogarlo sobre el brebaje. Me dejó todos sus libros y papeles, y en esos papeles encontré, después de semanas de búsqueda entre centenares de manuscritos, la descripción de lo que había bebido.
Era el elixir de la vida. La gran obra de Agrippa. El brebaje que, según las tradiciones alquímicas más antiguas, confería al bebedor una vida sin término. Agrippa lo había preparado tras décadas de experimentos, y yo lo había bebido en un momento de distracción amorosa.
Tardé mucho tiempo en creerlo. La incredulidad es una reacción natural ante lo extraordinario. Seguí con mi vida habitual: trabajé, estudié, cuidé mi salud. Y el tiempo pasó. Un año, dos, cinco. Y yo seguía siendo el mismo. Mientras los hombres que me rodeaban ganaban arrugas y canas, mi rostro permanecía sin cambios.
Mientras tanto, Bertha había roto con Albert Hoffer —el mercader había perdido su fortuna en malos negocios— y había vuelto a mí. Esta vez sí me amaba, o al menos así lo parecía. Quizás era solo que sus opciones se habían reducido. Pero yo la amaba todavía, y era joven y no muy sabio, y me casé con ella sin pensarlo demasiado.
Nos fuimos a vivir a una aldea lejos de Ginebra, donde nadie nos conocía. Yo trabajé como curandero y boticario —los conocimientos del laboratorio de Agrippa me servían bien para eso— y vivimos una vida modesta pero no infeliz. Bertha era buena esposa, aunque nunca dejó del todo su carácter caprichoso y volátil. Había en ella una coquetería que no desapareció del todo ni con los años ni con el matrimonio.
Los primeros años no noté nada anormal en mí. O quizás no quise notarlo. Pero cuando Bertha cumplió treinta años y yo seguía con el aspecto de un hombre de veintidós, la diferencia comenzó a hacerse evidente. Ella lo vio primero en los espejos, luego en los ojos de los vecinos, luego en los míos.
"No envejeces", me dijo una noche, con una voz que era mezcla de acusación y de miedo.
Le conté entonces la historia del elixir. La escuchó en silencio, con ese silencio frío que yo había aprendido a temer en ella. Cuando terminé, preguntó: "¿Por qué no me diste también a mí?"
Era una pregunta justa. Y mi respuesta —que no había sabido hasta después lo que había bebido, que había intentado reproducir el brebaje pero que los ingredientes eran difíciles de obtener y la fórmula incompleta— no la satisfizo. Creo que nunca me lo perdonó del todo. En esa pregunta sin respuesta satisfactoria estaba contenida toda la tragedia de nuestra vida juntos.
Los años siguientes fueron difíciles. Bertha envejecía y yo no. Ella cumplió cuarenta años, luego cincuenta. Su cabello se volvió gris, su piel se arrugó, su cuerpo perdió la agilidad de la juventud. Y yo seguía siendo el mismo joven de siempre.
Los vecinos hablaban. Unos decían que era un brujo. Otros que había hecho un pacto con el diablo. Bertha sufría con estos rumores, porque los rumores la señalaban a ella también: ¿qué clase de mujer se casaba con semejante criatura? Nos mudamos varias veces, buscando aldeas donde nadie nos conociera. Pero siempre terminaba ocurriendo lo mismo: después de algunos años, la gente notaba lo que el tiempo hacía con Bertha y lo que no hacía conmigo, y nosotros teníamos que marcharnos de nuevo.
En los últimos años de Bertha, nuestra relación fue triste. Ella era una anciana y yo un joven; o al menos eso parecía desde afuera. Por dentro, yo era ya un hombre de larga experiencia, aunque mi cuerpo no lo reflejara. Bertha ya no me miraba con amor. Me miraba con una mezcla de rencor y de cansancio. A veces, cuando creía que yo no la observaba, la veía contemplarme con algo que se parecía al odio. No la culpo. Era una situación insostenible para cualquiera, y ella la vivía desde el lado más cruel: el del que envejece mientras el otro permanece inmutable.
Murió un otoño, a los setenta y dos años. La velé toda la noche y la enterré al día siguiente. Me quedé solo junto a su tumba durante mucho tiempo, y lloré. La había amado, a pesar de todo, a pesar de sus caprichos y de su amargura. Y había sido, en cierto modo, lo más parecido a un hogar que yo había conocido.
Después de su muerte, comenzó mi verdadera vida de vagabundo.
He vivido trescientos veintitrés años desde aquella noche en el laboratorio de Agrippa. He visto más que cualquier hombre vivo. He visto la Reforma y las guerras de religión que la siguieron. He visto el descubrimiento de continentes que Agrippa ni imaginaba. He visto cómo los reinos se hacen y se deshacen, cómo las ideas que parecían eternas se vuelven polvo en una generación. He aprendido una docena de idiomas. He cruzado tres océanos. He vivido en ciudades que ya no existen y he conocido hombres cuya fama ha durado siglos.
Y en todo ese tiempo no he encontrado a nadie que comparta mi condición. Estoy solo de una manera que la mayoría de los hombres no pueden comprender. No es la soledad de quien busca compañía: es la soledad de quien sabe que toda compañía es provisional, que todo amor terminará en pérdida, que toda amistad morirá antes de que yo me canse de ella.
He amado a otras personas después de Bertha. No lo negaré. El corazón humano —y el mío, por extraño que sea mi caso, sigue siendo humano— no puede vivir sin algún afecto. Pero siempre ha sido un amor teñido de melancolía, porque siempre he sabido que terminaría en separación. Uno aprende, con el tiempo, a no encariñarse demasiado. Uno aprende a mantenerse a cierta distancia. Y así, paradójicamente, la larga vida se convierte en una sucesión de soledades, cada una más honda que la anterior.
¿Es la inmortalidad una bendición o una maldición? He pensado en esta pregunta durante siglos y no tengo una respuesta definitiva. Hay momentos en que la experiencia acumulada, la posibilidad de ver el mundo con ojos que han visto tanto, la capacidad de aprender sin límite aparente... todo eso parece un privilegio extraordinario. Pero hay otros momentos —y son los más frecuentes, a medida que los siglos pasan— en que el peso de los años vividos es insoportable. El hombre que no puede morir no puede tampoco vivir del todo. Está atrapado en una especie de limbo: demasiado viejo para ser joven, demasiado joven en apariencia para que los demás lo traten como lo que es.
He intentado morir. No lo niego. O al menos, he puesto mi cuerpo en situaciones en que cualquier hombre normal habría muerto. He sobrevivido a batallas, a naufragios, a enfermedades que diezmaron poblaciones enteras. Una vez pasé semanas en el mar, a la deriva, sin agua potable, bajo un sol implacable. Sobreviví. No sé cómo, pero sobreviví. En otra ocasión recibí una herida que los médicos del barco declararon fatal. Me desperté días después, completamente curado. El cuerpo que bebió el elixir de Agrippa parece tener recursos que desafían toda explicación natural.
Pero quizás no soy verdaderamente inmortal. Quizás el elixir solo confiere una longevidad extraordinaria, no la inmortalidad absoluta. Esta distinción, como ya he dicho, me ha dado esperanzas durante siglos. Quizás exista algo capaz de matarme. Quizás simplemente no he encontrado aún esa cosa.
Hoy he decidido hacer un último intento. Viajaré hacia el norte, hacia las regiones árticas donde el frío es más extremo que en ningún otro lugar de la tierra conocida. Si hay algo en la naturaleza que pueda acabar conmigo, quizás sea ese frío absoluto, esa oscuridad polar que los exploradores describen como el fin del mundo. Quizás la naturaleza, en su expresión más implacable, tenga el poder que los siglos no han tenido.
Y si sobrevivo también a eso... pues entonces seguiré viviendo. No tendré otra opción. Continuaré vagando, aprendiendo, recordando, lamentando. Pero al menos habré intentado algo. Al menos podré decir, si es que hay alguien que pueda escucharme en la eternidad, que no me rendí sin pelear.
Estas son mis últimas palabras antes de partir. Las dejo escritas para quien las encuentre —si es que alguien las encuentra—, como testimonio de una existencia que ha durado demasiado. Que sirvan como advertencia para quien esté tentado de buscar el elixir de la vida: la inmortalidad no es lo que parece. Es, en el mejor de los casos, una carga que nadie debería desear. La muerte, que los hombres tanto temen, es también un descanso que yo he soñado durante siglos.
Que Dios tenga piedad de mí. O que la naturaleza polar, en su indiferencia absoluta, me conceda lo que Él no ha querido darme.
Me llamo Winzy. Nací en Cornualles. Bebí el elixir de Cornelio Agrippa en Ginebra, en el año 1512, a los veintidós años de edad. Hoy es el 16 de julio del año 17—. Han pasado trescientos veintitrés años desde aquella noche.
Tengo veintidós años de apariencia y trescientos cuarenta y cinco de memoria.
Parto mañana al amanecer.