Canta, ¡oh Musa!, al amado hijo de Hermes, el de pies de cabra, el de dos cuernos, el amante del alboroto, que reina sobre los prados que están en el bosque y los picos nevados y los senderos pedregosos. Va aquí y allá por los espesos matorrales, atraído unas veces a la suave corriente de las aguas, otras veces a través de los peñascos rocosos, subiendo al punto más alto desde donde el ganado se avista; asciende a los picachos que miran al mar y va por todas las praderas de los cuales han nacido muy abundantes flores olorosas. Va a menudo de noche a través de blancos montes, persiguiendo a los animales, tocando su melódica siringe dulce música, que no supera el pájaro que sobre las flores primaverales vierte sus melodías de miel y llora con triste voz su llanto.
Con él las ninfas de los montes y los pies veloces van y van bailando junto a las fuentes tenebrosas, y al entrechocar de pies retumban los sonidos del baile; el eco resuena en la cima del monte. El dios ya corre por aquí, ya por allá, se mezcla entre ellas a veces también en la danza, con su cuerpo variado, unas veces meneándose rápidamente con sus pies veloces, otras veces relajado en el blando vellón de un zorro, que es el símbolo de las llanuras de los prados.
Lleva guirnaldas de juncos en sus cabezas abundantes; pues muchas veces va a los pastizales lejanos y regresa al anochecer tocando la dulce melodía de su siringe, y no le vence el pájaro que vierte en las flores primaverales sus melodías de miel gemebundas; con ellas también las melodiosas ninfas de la montaña y ágil pie cantan, y el sonido del eco retumba en la cima del monte.
Entonces entre ellas la de más triste voz empieza, y a ella se le unen luego en respuesta las otras ninfas, cantando un canto que va de arriba a abajo. Luego el dios, bello e inmortal, se va jugando de aquí para allá.
Su madre fue una hija de Dríope; empero el padre de los dioses e inmortales se alegró en el corazón. ¡Salve, señor!, te aplaco con un canto de cabra.