Cántame, oh Musa, las obras de Afrodita, la de áureo diadema, que excita el dulce deseo entre los dioses y vence a las razas de los hombres mortales y las aves que vuelan por el cielo, y a todos los animales que la tierra nutre en abundancia y los que el ponto nutre: a todos les importan las obras de la bien coronada Citerea.
Pero hay tres corazones que ella no puede persuadir ni engañar: el de la hija de Zeus porta-égida, la Atenea de brillantes ojos; a ella no le agradan las obras de la Afrodita áurea, sino que le agradan las guerras y las obras de Ares, las batallas y las luchas y las obras ilustres del tiempo; ella fue la primera en enseñar a los artesanos de la tierra a fabricar carruajes y los carros con bronce trabajado; ella también enseñó a las doncellas de suave piel los bellos trabajos caseros, poniendo en su mente a cada una.
No dobla tampoco a Ártemis sonora de áureos dardos: pues a ella le placen el arco y la caza de animales por los montes, la cítara y la danza y los agudos alaridos y los umbrosos bosques y las ciudades de los hombres justos.
Tampoco le agrada a la virgen respetada Hestia, a quien el primero en nacer, el astuto Cronos, parió, y luego el más reciente y poderoso Zeus, y que Posidón quiso tomar por esposa y también Apolo, y ella no quiso sino que rechazó firmemente; y tocando la cabeza del padre Zeus que lleva la égida, juró el gran juramento que ha de cumplirse: que ella permanecería virgen eternamente. Y el padre Zeus le dio un bello honor en vez del matrimonio: sentarse en el centro del palacio y recibir la mejor parte de las ofrendas; ella va honrada entre todos los inmortales.
A todos estos tres corazones no puede persuadir ni engañar; pero de los demás nadie escapa a Afrodita, ni de los bienaventurados dioses ni de los hombres mortales. Ni siquiera el espíritu de Zeus que se goza con el rayo ella engaña y doblega; él que es el mayor honor y la mayor dignidad: hasta su corazón soberano ella engaña cuando quiere y fácilmente lo une a las mujeres mortales sin que Hera lo sepa, Hera de hermoso aspecto, que es entre todos los inmortales la más excelsa en la hermosura, y la madre más ilustre fue la que parió a Zeus gran rey.
Pues Zeus, que medita los pensamientos inmortales, la dejó caer a ella en el amor del mortal Anquises, que pastoreaba el ganado en los montes de Ida y tenía entonces el aspecto de los dioses inmortales. Cuando la Afrodita que ama la risa lo vio, lo amó, y un fuerte deseo le embargó el corazón. Partió para Chipre y llegó al aromático templo de la fragante Pafos, donde su recinto y su altar perfumado de incienso, y luego de entrar cerró las relucientes puertas, y allí las Gracias la lavaron y la ungieron con aceite inmortal, con ese aceite de suave perfume que perennemente envuelve a los dioses que viven para siempre. Después que la hubieron vestido bien a su cuerpo con indumentaria hermosa, la Afrodita que ama la risa llegó a Troya, dejando Chipre, sin apresurarse, en lo alto de las nubes.
Llegó al Ida de las muchas fuentes, madre de animales salvajes, y fue derecha por los montes hasta el establo. Con ella iban grises lobos que le hacían zalemas, y leones de mirada centelleante y osos y pardas panteras gacelas voraces; ella se alegraba viéndoles y puso deseo en sus pechos; y ya se unieron de dos en dos en sus sombrías guaridas. Ella se fue a los bien construidos establos, y encontró al héroe Anquises, que tenía el aspecto divino, solo, lejos de los demás, que andaban por el rico pasto. Todos los demás iban por el rico herbazal y subían por las cumbres de los montes; él solo estaba en los bien construidos establos y tocaba la citara melodiosa y deleitosa.
La hija de Zeus, Afrodita, se detuvo delante de él; y tenía el tamaño y la forma de una virgen, para que no se asustase al verla con los ojos. Anquises la vio y se paró en ella, y se maravilló de su aspecto y de su altura y de su trage reluciente; pues llevaba un vestido más brillante que el fuego, pendientes retorcidos y collares de flores sobre su cuello tierno, hermoso pecho. Eran los suyos unos adornos de oro, todos brillantes como la luna que brilla en el pecho de la Afrodita bien coronada; asombro fue para los ojos.
Y Anquises la amó y le dijo con estas palabras:
—Salve, soberana, quienquiera que seas entre las bienaventuradas, Ártemis o Leto o la áurea Afrodita o la bien nacida Temis o la Atenea de brillantes ojos, o quizás una de las Gracias, que acompañan a los dioses y son llamadas immortales, o alguna ninfa que habite la hermosa arboleda o alguna ninfa de este monte.
Y la Afrodita hija de Zeus le respondió:
—Anquises, el más ilustre de los hombres de la tierra, no soy ninguna diosa; ¿por qué me comparas a las inmortales? Soy una mortal, mi madre fue una mujer humana. Mi padre es el ilustre Otreo, cuyo nombre sin duda conoces, que reina sobre toda la rica Frigia. Y yo conozco la lengua tuya y la mía, pues desde niña me enseñó mi nodriza que era troyano, pues ella vino de allí con mi madre. Por eso conozco vuestra lengua bien. Y ahora Hermes el Argicida me ha arrebatado de entre las doncellas del sonoro coro de Ártemis la de dardo de oro. Hubo muchas de nosotras jugando. Toda una muchedumbre rodeaba el coro. De allí el Argicida de varilla de oro me arrebató, y mucho espacio me llevó a través de los campos cultivados por los hombres y de muchos otros terrenos, sin cultivar, desiertos, por donde los animales voraces corren por sus sombrías madrigueras; y me decía que con Anquises, el siervo de los dioses inmortales, yo compartiría el lecho.
Así ella habló con engaño, y Anquises la amó y le dijo:
—Si eres mortal y fue mujer humana tu madre, e ilustre Otreo es tu padre, como dices, y el inmortal mensajero Hermes te trajo, entonces siempre se te llamará mi esposa; ningún dios ni mortal hombre me lo impedirá antes de que en el lecho de amor me una contigo en seguida; aunque el arquero Apolo mismo disparase sus dardos de plata sobre mí. A ti, oh mujer como las diosas, quisiera yacer en tu lecho, de buena gana ahora mismo.
Así dijo, y le tomó la mano; la Afrodita que ama la risa se volvió de cara y en seguida bajó los bellos ojos al suelo de ojos brillantes y se fue hacia el lecho cubierto de bellas mantas, que ya estaba preparado para el soberano con un delicioso cobertor; encima había pieles de osos y de leones que rugían fuerte que Anquises mismo mató en los montes. Cuando subieron los dos al bien labrado lecho, él primero quitó de su cuerpo los brillantes ornamentos, las fíbulas y los pendientes retorcidos y las flores; y desató el ceñidor de su cintura y quitó la bella ropa y la puso sobre un asiento de plata. Y Anquises por gracia de los dioses y el destino la unió a la diosa inmortal, sin saberlo él, el mortal, el que iba a vivir con las diosas inmortal.
Pero cuando el pastor y boyero volvió de la llanura al ocaso, la Afrodita vertió un dulce sueño sobre Anquises, se vistió bien con sus hermosas ropas y, ya que se tuvo bien vestida, la venerable diosa se puso en pie junto al lecho, cuya cabecera tocaba el bien labrado tejado. Su mejilla tenía el brillo de la luna inmortal: bello aspecto, la forma de cuerpo más que mortal. Lo despertó del sueño y le habló con estas palabras:
—Levántate, Anquises; ¿por qué duermes tan profundo? Y fíjate si me parezco a lo que era cuando me viste por primera vez con tus ojos.
Así dijo; y él se despertó del sueño muy veloz y al verla se asustó; la miró con los ojos. Y luego volvió sus ojos y miró a otro lado y la cubrió el rostro con la capa y la rogó con estas aladas palabras:
—Desde el momento que te vi con mis ojos, diosa, bien reconocí que eras una diosa; pero tú no me dijiste la verdad. Mas te conjuro por Zeus que lleva la égida, no me dejes vivir sin fuerza entre los hombres, sino ten compasión de mí, pues no tienen vigor el hombre que se une en amor a las inmortales.
Le respondió la hija de Zeus, Afrodita:
—Anquises, el más ilustre de los hombres mortales, ten buen ánimo, no tengas un temor excesivo en el corazón. No tienes que tener ningún daño mío ni de ninguno de los otros bienaventurados; pues en verdad eres amado de los dioses. Te nacerá un hijo querido que reinará entre los troyanos, y a su descendencia serán dados hijos constantemente; su nombre será Eneas, porque me sobrevino un angustioso dolor por haberme metido en el lecho de un hombre mortal. Pero en cuanto al género humano, los que se acercan más a los dioses en su aspecto y su sabiduría son de tu raza y de la del divinísimo Ganimedes.
Así dijo; y ella se fue al vasto cielo sobre el viento. Salve, diosa, tú que tienes Chipre, muy perfumada; que habiendo comenzado yo contigo, ahora pasaré al otro canto.