AudiolibrosClubes de Lectura
literatura.ar
📚

Novedades literarias

Nuevos autores, obras y recomendaciones directo en tu correo.

Recibí novedades y nuevos autores:

literatura.ar

Biblioteca Digital de Literatura Abierta.

@literatura.ar
Patrocinar

Explorar

  • Audiolibros
  • Clubes de Lectura

Ayuda

  • Nosotros
  • Contacto

Legal

  • Política de Privacidad
  • Términos de Uso
  • Dominio Público y Traducciones

© 2026 literatura.ar — Biblioteca Digital de Literatura Abierta

La verdad sobre el caso del Sr. Valdemar (The Facts in the Case of M. Valdemar)

Edgar Allan Poe · 1845

De ninguna manera me parece   sorprendente que el extraordinario caso del señor Valdemar haya provocado   tantas discusiones. Hubiera sido un milagro que ocurriera lo contrario,   especialmente en tales circunstancias. Aunque todos los participantes   deseábamos mantener el asunto alejado del público -al menos por el momento, o   hasta que se nos ofrecieran nuevas oportunidades de investigación-, a pesar de   nuestros esfuerzos no tardó en difundirse una versión tan espuria como   exagerada que se convirtió en fuente de muchas desagradables tergiversaciones   y, como es natural, de profunda incredulidad.

  El momento ha llegado de que yo dé a   conocer los hechos -en la medida en que me es posible comprenderlos-.   Helos aquí sucintamente:

  Durante los últimos años el estudio   del hipnotismo había atraído repetidamente mi atención. Hace unos nueve meses,   se me ocurrió súbitamente que en la serie de experimentos efectuados hasta   ahora existía una omisión tan curiosa como inexplicable: jamás se había   hipnotizado a nadie in articulo mortis. Quedaba por verse si, en primer   lugar, un paciente en esas condiciones sería susceptible de influencia   magnética; segundo, en caso de que lo fuera, si su estado aumentaría o   disminuiría dicha susceptibilidad, y tercero, hasta qué punto, o por cuánto   tiempo, el proceso hipnótico sería capaz de detener la intrusión de la muerte.   Quedaban por aclarar otros puntos, pero éstos eran los que más excitaban mi   curiosidad, sobre todo el último, dada la inmensa importancia que podían tener   sus consecuencias.

  Pensando si entre mis relaciones   habría algún sujeto que me permitiera verificar esos puntos, me acordé de mi   amigo Ernest Valdemar, renombrado compilador de la Bibliotheca Forensica y  autor (bajo el nom de plume de Issachar Marx) de las versiones   polacas de Wallenstein y Gargantúa. El señor Valdemar, residente   desde 1839 en Harlem, Nueva York, es (o era) especialmente notable por su   extraordinaria delgadez, tanto que sus extremidades inferiores se parecían   mucho a las de John Randolph, y también por la blancura de sus patillas, en   violento contraste con sus cabellos negros, lo cual llevaba a suponer con   frecuencia que usaba peluca. Tenía un temperamento muy nervioso, que le   convertía en buen sujeto para experiencias hipnóticas. Dos o tres veces le   había adormecido sin gran trabajo, pero me decepcionó no alcanzar otros   resultados que su especial constitución me había hecho prever. Su voluntad no   quedaba nunca bajo mi entero dominio, y, por lo que respecta a la   clarividencia, no se podía confiar en nada de lo que había conseguido con   él. Atribuía yo aquellos fracasos al mal estado de salud de mi amigo. Unos   meses antes de trabar relación con él, los médicos le habían declarado   tuberculoso. El señor Valdemar acostumbraba referirse con toda calma a su   próximo fin, como algo que no cabe ni evitar ni lamentar.

  Cuando las ideas a que he aludido se   me ocurrieron por primera vez, lo más natural fue que acudiese a Valdemar.   Demasiado bien conocía la serena filosofía de mi amigo para temer algún   escrúpulo de su parte; por lo demás, no tenía parientes en América que   pudieran intervenir para oponerse. Le hablé francamente del asunto y, para mi   sorpresa, noté que se interesaba vivamente. Digo para mi sorpresa, pues si   bien hasta entonces se había prestado libremente a mis experimentos, jamás   demostró el menor interés por lo que yo hacía. Su enfermedad era de las que   permiten un cálculo preciso sobre el momento en que sobrevendrá la muerte.   Convinimos, pues, en que me mandaría llamar veinticuatro horas antes del   momento fijado por sus médicos para su fallecimiento.

  Hace más de siete meses que recibí   la siguiente nota, de puño y letra de Valdemar:

  Estimado P…:

  Ya puede usted venir. D… y F…   coinciden en que no pasaré de mañana a medianoche, y me parece que han   calculado el tiempo con mucha exactitud.

    Valdemar

  Recibí el billete media hora después   de escrito, y quince minutos más tarde estaba en el dormitorio del moribundo.   No le había visto en los últimos diez días y me aterró la espantosa alteración   que se había producido en tan breve intervalo. Su rostro tenía un color   plomizo, no había el menor brillo en los ojos y, tan terrible era su delgadez,   que la piel se había abierto en los pómulos. Expectoraba continuamente y el   pulso era casi imperceptible. Conservaba no obstante una notable claridad   mental, y cierta fuerza. Me habló con toda claridad, tomó algunos calmantes   sin ayuda ajena y, en el momento de entrar en su habitación, le encontré   escribiendo unas notas en una libreta. Se mantenía sentado en el lecho con   ayuda de varias almohadas, y estaban a su lado los doctores D… y E..

  Luego de estrechar la mano de Valdemar, llevé aparte a los médicos y les pedí que me explicaran   detalladamente el estado del enfermo. Desde hacía dieciocho meses, el pulmón   izquierdo se hallaba en un estado semióseo o cartilaginoso, y, como es   natural, no funcionaba en absoluto. En su porción superior el pulmón derecho   aparecía parcialmente osificado, mientras la inferior era tan sólo una masa de   tubérculos purulentos que se confundían unos con otros. Existían varias   dilatadas perforaciones y en un punto se había producido una adherencia   permanente a las costillas. Todos estos fenómenos del lóbulo derecho eran de   fecha reciente; la osificación se había operado con insólita rapidez, ya que   un mes antes no existían señales de la misma y la adherencia sólo había sido   comprobable en los últimos tres días. Aparte de la tuberculosis los médicos   sospechaban un aneurisma de la aorta, pero los síntomas de osificación volvían   sumamente difícil un diagnóstico. Ambos facultativos opinaban que Valdemar   moriría hacia la medianoche del día siguiente (un domingo). Eran ahora las   siete de la tarde del sábado.

  Al abandonar la cabecera del   moribundo para conversar conmigo, los doctores D… y F… se habían despedido   definitivamente de él. No era su intención volver a verle, pero, a mi pedido,   convinieron en examinar al paciente a las diez de la noche del día siguiente.

  Una vez que se fueron, hablé   francamente con Valdemar sobre su próximo fin, y me referí en detalle al   experimento que le había propuesto. Nuevamente se mostró dispuesto, e incluso   ansioso por llevarlo a cabo, y me pidió que comenzara de inmediato. Dos   enfermeros, un hombre y una mujer, atendían al paciente, pero no me sentí   autorizado a llevar a cabo una intervención de tal naturaleza frente a   testigos de tan poca responsabilidad en caso de algún accidente repentino.   Aplacé, por tanto, el experimento hasta las ocho de la noche del día   siguiente, cuando la llegada de un estudiante de medicina de mi conocimiento   (el señor Theodore L…l) me libró de toda preocupación. Mi intención inicial   había sido la de esperar a los médicos, pero me vi obligado a proceder,   primeramente por los urgentes pedidos de Valdemar y luego por mi propia   convicción de que no había un minuto que perder, ya que con toda evidencia el   fin se acercaba rápidamente.

  El señor L…l tuvo la amabilidad de   acceder a mi pedido, así como de tomar nota de todo lo que ocurriera. Lo que   voy a relatar ahora procede de sus apuntes, ya sea en forma condensada o   verbatim.

  Faltaban cinco minutos para las ocho   cuando, después de tomar la mano de Valdemar, le pedí que manifestara con toda   la claridad posible, en presencia de L…l, que estaba dispuesto a que yo le   hipnotizara en el estado en que se encontraba.

  Débil, pero distintamente, el   enfermo respondió: «Sí, quiero ser hipnotizado», agregando de inmediato: «Me   temo que sea demasiado tarde.»

  Mientras así decía, empecé a   efectuar los pases que en las ocasiones anteriores habían sido más efectivos   con él. Sentía indudablemente la influencia del primer movimiento lateral de   mi mano por su frente, pero, aunque empleé todos mis poderes, me fue imposible   lograr otros efectos hasta algunos minutos después de las diez, cuando   llegaron los doctores D… y F…, tal como lo habían prometido. En pocas   palabras les expliqué cuál era mi intención, y, como no opusieron   inconveniente, considerando que el enfermo se hallaba ya en agonía, continué   sin vacilar, cambiando, sin embargo, los pases laterales por otros verticales   y concentrando mi mirada en el ojo derecho del sujeto.

  A esta altura su pulso era   imperceptible y respiraba entre estertores, a intervalos de medio minuto.

  Esta situación se mantuvo sin   variantes durante un cuarto de hora. Al expirar este período, sin embargo, un   suspiro perfectamente natural, aunque muy profundo, escapó del pecho del   moribundo, mientras cesaba la respiración estertorosa o, mejor dicho, dejaban   de percibirse los estertores; en cuanto a los intervalos de la respiración,   siguieron siendo los mismos. Las extremidades del paciente estaban heladas.

  A las once menos cinco, advertí   inequívocas señales de influencia hipnótica. La vidriosa mirada de los ojos   fue reemplazada por esa expresión de intranquilo examen interior que   jamás se ve sino en casos de hipnotismo, y sobre la cual no cabe engañarse.   Mediante unos rápidos pases laterales hice palpitar los párpados, como al   acercarse el sueño, y con unos pocos más los cerré por completo. No bastaba   esto para satisfacerme, sin embargo, sino que continué vigorosamente mis   manipulaciones, poniendo en ellas toda mi voluntad, hasta que hube logrado la   completa rigidez de los miembros del durmiente, a quien previamente había   colocado en la posición que me pareció más cómoda. Las piernas estaban   completamente estiradas; los brazos reposaban en el lecho, a corta distancia   de los flancos. La cabeza había sido ligeramente levantada.

  Al dar esto por terminado era ya   medianoche y pedí a los presentes que examinaran el estado de Valdemar. Luego   de unas pocas verificaciones, admitieron que se encontraba en un estado   insólitamente perfecto de trance hipnótico. La curiosidad de ambos médicos se   había despertado en sumo grado. El doctor D… decidió pasar toda la noche a   la cabecera del paciente, mientras el doctor F… se marchaba, con promesa de   volver por la mañana temprano. L…l y los enfermeros se quedaron.

  Dejamos a Valdemar en completa   tranquilidad hasta las tres de la madrugada, hora en que me acerqué y vi que   seguía en el mismo estado que al marcharse el doctor F…; vale decir, yacía   en la misma posición y su pulso era imperceptible. Respiraba sin esfuerzo,   aunque casi no se advertía su aliento, salvo que se aplicara un espejo a los   labios. Los ojos estaban cerrados con naturalidad y las piernas tan rígidas y   frías como si fueran de mármol. No obstante ello, la apariencia general   distaba mucho de la de la muerte.

  Al acercarme intenté un ligero   esfuerzo para influir sobre el brazo derecho, a fin de que siguiera los   movimientos del mío, que movía suavemente sobre su cuerpo. En esta clase de   experimento jamás había logrado buen resultado con Valdemar, pero ahora, para   mi estupefacción, vi que su brazo, débil pero seguro, seguía todas las   direcciones que le señalaba el mío. Me decidí entonces a intentar un breve   diálogo.

  -Valdemar…, ¿duerme usted?   -pregunté.

  No me contestó, pero noté que le   temblaban los labios, por lo cual repetí varias veces la pregunta. A la   tercera vez, todo su cuerpo se agitó con un ligero temblor; los párpados se   levantaron lo bastante para mostrar una línea del blanco del ojo; moviéronse   lentamente los labios, mientras en un susurro apenas audible brotaban de ellos   estas palabras:

  -Sí… ahora duermo. ¡No me   despierte! ¡Déjeme morir así!

  Palpé los miembros, encontrándolos   tan rígidos como antes. Volví a interrogar al hipnotizado:

  -¿Sigue sintiendo dolor en el pecho, Valdemar?

  La respuesta tardó un momento y fue   aún menos audible que la anterior:

  -No sufro… Me estoy muriendo.

  No me pareció aconsejable molestarle   más por el momento, y no volví a hablarle hasta la llegada del doctor F…,   que arribó poco antes de la salida del sol y se quedó absolutamente   estupefacto al encontrar que el paciente se hallaba todavía vivo. Luego de   tomarle el pulso y acercar un espejo a sus labios, me pidió que le hablara   otra vez, a lo cual accedí.

  -Valdemar -dije-. ¿Sigue usted   durmiendo?

  Como la primera vez, pasaron unos   minutos antes de lograr respuesta, y durante el intervalo el moribundo dio la   impresión de estar juntando fuerzas para hablar. A la cuarta repetición de la   pregunta, y con voz que la debilidad volvía casi inaudible, murmuró:

  -Sí… Dormido… Muriéndome.

  La opinión o, mejor, el deseo de los   médicos era que no se arrancase a Valdemar de su actual estado de aparente   tranquilidad hasta que la muerte sobreviniera, cosa que, según consenso   general, sólo podía tardar algunos minutos. Decidí, sin embargo, hablarle una   vez más, limitándome a repetir mi pregunta anterior.

  Mientras lo hacía, un notable cambio   se produjo en las facciones del hipnotizado. Los ojos se abrieron lentamente,   aunque las pupilas habían girado hacia arriba; la piel adquirió una tonalidad   cadavérica, más semejante al papel blanco que al pergamino, y los círculos hécticos, que hasta ese momento se destacaban fuertemente en el centro de cada   mejilla, se apagaron bruscamente. Empleo estas palabras porque lo instantáneo   de su desaparición trajo a mi memoria la imagen de una bujía que se apaga de   un soplo. Al mismo tiempo el labio superior se replegó, dejando al descubierto   los dientes que antes cubría completamente, mientras la mandíbula inferior   caía con un sacudimiento que todos oímos, dejando la boca abierta de par en   par y revelando una lengua hinchada y ennegrecida. Supongo que todos los   presentes estaban acostumbrados a los horrores de un lecho de muerte, pero la   apariencia de Valdemar era tan espantosa en aquel instante, que se produjo un   movimiento general de retroceso.

  Comprendo que he llegado ahora a un   punto de mi relato en el que el lector se sentirá movido a una absoluta   incredulidad. Me veo, sin embargo, obligado a continuarlo.

  El más imperceptible signo de   vitalidad había cesado en Valdemar; seguros de que estaba muerto lo   confiábamos ya a los enfermeros, cuando nos fue dado observar un fuerte   movimiento vibratorio de la lengua. La vibración se mantuvo aproximadamente   durante un minuto. Al cesar, de aquellas abiertas e inmóviles mandíbulas brotó   una voz que sería insensato pretender describir. Es verdad que existen dos o   tres epítetos que cabría aplicarle parcialmente: puedo decir, por ejemplo, que   su sonido era áspero y quebrado, así como hueco. Pero el todo es   indescriptible, por la sencilla razón de que jamás un oído humano ha percibido   resonancias semejantes. Dos características, sin embargo -según lo pensé en el   momento y lo sigo pensando-, pueden ser señaladas como propias de aquel sonido   y dar alguna idea de su calidad extraterrena. En primer término, la voz   parecía llegar a nuestros oídos (por lo menos a los míos) desde larga   distancia, o desde una caverna en la profundidad de la tierra. Segundo, me   produjo la misma sensación (temo que me resultará imposible hacerme entender)   que las materias gelatinosas y viscosas producen en el sentido del tacto.

  He hablado al mismo tiempo de   «sonido» y de «voz». Quiero decir que el sonido consistía en un silabeo   clarísimo, de una claridad incluso asombrosa y aterradora. El señor Valdemar  hablaba, y era evidente que estaba contestando a la interrogación   formulada por mí unos minutos antes. Como se recordará, le había preguntado si   seguía durmiendo. Y ahora escuché:

  -Sí… No… Estuve   durmiendo… y ahora… ahora… estoy muerto.

  Ninguno de los presentes pretendió   siquiera negar ni reprimir el inexpresable, estremecedor espanto que aquellas   pocas palabras, así pronunciadas, tenían que producir. L…l, el estudiante,   cayó desvanecido. Los enfermeros escaparon del aposento y fue imposible   convencerlos de que volvieran. Por mi parte, no trataré de comunicar mis   propias impresiones al lector. Durante una hora, silenciosos, sin pronunciar   una palabra, nos esforzamos por reanimar a L…l. Cuando volvió en sí, pudimos   dedicarnos a examinar el estado de Valdemar.

  Seguía, en todo sentido, como lo he   descrito antes, salvo que el espejo no proporcionaba ya pruebas de su   respiración. Fue inútil que tratáramos de sangrarlo en el brazo. Debo agregar   que éste no obedecía ya a mi voluntad. En vano me esforcé por hacerle seguir   la dirección de mi mano. La única señal de la influencia hipnótica la   constituía ahora el movimiento vibratorio de la lengua cada vez que volvía a   hacer una pregunta a Valdemar. Se diría que trataba de contestar, pero que   carecía ya de voluntad suficiente. Permanecía insensible a toda pregunta que   le formulara cualquiera que no fuese yo, aunque me esforcé por poner a cada   uno de los presentes en relación hipnótica con el paciente. Creo que con esto   he señalado todo lo necesario para que se comprenda cuál era la condición del   hipnotizado en ese momento. Se llamó a nuevos enfermeros, y a las diez de la   mañana abandoné la morada en compañía de ambos médicos y de L…l.

  Volvimos por la tarde a ver al   paciente. Su estado seguía siendo el mismo. Discutimos un rato sobre la   conveniencia y posibilidad de despertarlo, pero poco nos costó llegar a la   conclusión de que nada bueno se conseguiría con eso. Resultaba evidente que   hasta ahora, la muerte (o eso que de costumbre se denomina muerte) había sido   detenida por el proceso hipnótico. Parecía claro que, si despertábamos a Valdemar, lo único que lograríamos seria su inmediato o, por lo menos, su   rápido fallecimiento.

  Desde este momento hasta fines de  la semana pasada -vale decir, casi siete meses- continuamos   acudiendo diariamente a casa de Valdemar, acompañados una y otra vez por   médicos y otros amigos. Durante todo este tiempo el hipnotizado se mantuvo   exactamente como lo he descrito. Los enfermeros le atendían continuamente.

  Por fin, el viernes pasado   resolvimos hacer el experimento de despertarlo, o tratar de despertarlo:   probablemente el lamentable resultado del mismo es el que ha dado lugar a   tanta discusión en los círculos privados y a una opinión pública que no puedo   dejar de considerar como injustificada.

  A efectos de librar del trance   hipnótico al paciente, acudí a los pases habituales. De entrada resultaron   infructuosos. La primera indicación de un retorno a la vida lo proporcionó el   descenso parcial del iris. Como detalle notable se observó que este descenso   de la pupila iba acompañado de un abundante flujo de icor amarillento,   procedente de debajo de los párpados, que despedía un olor penetrante y   fétido. Alguien me sugirió que tratara de influir sobre el brazo del paciente,   como al comienzo. Lo intenté, sin resultado. Entonces el doctor F… expresó   su deseo de que interrogara al paciente. Así lo hice, con las siguientes   palabras:

  -Señor Valdemar… ¿puede   explicarnos lo que siente y lo que desea?

  Instantáneamente reaparecieron los   círculos hécticos en las mejillas; la lengua tembló, o, mejor dicho, rodó   violentamente en la boca (aunque las mandíbulas y los labios siguieron rígidos   como antes), y entonces resonó aquella horrenda voz que he tratado ya de   describir:

  -¡Por amor de Dios… pronto…   pronto… hágame dormir… o despiérteme… pronto… despiérteme! ¡Le digo   que estoy muerto!

  Perdí por completo la serenidad y,   durante un momento, me quedé sin saber qué hacer. Por fin, intenté calmar otra   vez al paciente, pero al fracasar, debido a la total suspensión de la   voluntad, cambié el procedimiento y luché con todas mis fuerzas para   despertarlo. Pronto me di cuenta de que lo lograría, o, por lo menos, así me   lo imaginé; y estoy seguro de que todos los asistentes se hallaban preparados   para ver despertar al paciente.

  Pero lo que realmente ocurrió fue   algo para lo cual ningún ser humano podía estar preparado.

  Mientras ejecutaba rápidamente los   pases hipnóticos, entre los clamores de: «¡Muerto! ¡Muerto!», que literalmente  explotaban desde la lengua y no desde los labios del sufriente,   bruscamente todo su cuerpo, en el espacio de un minuto, o aún menos, se   encogió, se deshizo… se pudrió entre mis manos. Sobre el lecho, ante   todos los presentes, no quedó más que una masa casi líquida de repugnante, de   abominable putrefacción.