Un tío, músico aficionado, de lejano parentesco, pero de cercanía geográfica, me invitó a tocar la flauta contralto en la cantata N.º 13 de Johann Sebastian Bach. Junto a un oboísta jubilado, la octogenaria orquesta municipal, una arcaica profesora de piano, teoría y solfeo a cargo del continuo, un coro donde un bajo y dos tenores luchaban infructuosamente contra unas treinta mujeres de diversas edades y tamaños, cuatro cantantes solistas (el tenor: mi tío), un director con más entusiasmo que sabiduría y una dulce flautista encararíamos el concierto programado para fin de año.
La vi, me vio, nos vimos y nos enamoramos, compartíamos el atril, el amor por Bach y el odio por la secundaria. Nos juntábamos a unas cuadras de la escuela judía donde ensayábamos, para hablar y besarnos, aunque cada vez hablaríamos menos.
Finalmente, sucedió lo esperado mientras practicábamos las Sonates sans Basse (Op. 2) de Telemann, donde un movimiento lento conduce a otro más rápido. Nos fundimos en esa escritura canónica, imitándonos como melodías barrocas.
Nuestros cuerpos desnudos se juntaron llenos de ansiedad e inexperiencia. mis suspiros de placer se mezclaron con sus lágrimas de dolor, mi flecha había cobrado su presa. Un instante en la gloria. Una cúpula en el cielo donde los ángeles se amalgaman. La vida y el amor son un sueño imposible. Los placeres no se pueden contar, solo se conocen cuando se pierden.
Después, ella me dijo cuánto le gustaría estar siempre juntos, casarnos y tener hijos; yo le contesté con una frase que había escuchado: “El patrimonio, todos los bienes; y el matrimonio, todos los males”.
No sabía, en aquel momento, que su ilusión era dejar la escuela y dedicarse al hombre que amaba. Yo, en cambio, creía que todas las mujeres caerían a mis pies, las mismas que más tarde me pisotearían sin piedad. Nos alejamos, las resonancias del templo se diluían y a mí me esperaba, sin saberlo, una noche de terror y angustia donde imploraría en vano la luz del perdón.
El concierto fue en diciembre, en la catedral. No empezaba un buen viaje. Nos saludamos con frialdad. El amor se había ido con el último coro, otras oportunidades se presentarían. So sei nun, Seele, deine (Consuélate, alma mía).
Hubo otras novias, me casé, me separé, me junté y me volví a separar, pero ella siempre fue mi pasión, tal como la música sacra y afectiva. Tuve amores descartables que solo tenían el sentido de compararla: más altas, más bajas; más compuestas, más simples; más blancas, más negras; más o menos afinadas, todas lo eran, pero ninguna la alcanzaba.
Yo seguía conservando en mis manos la tesitura de su piel; en mis oídos, el timbre de su flauta; en mis ojos, su silencio desnudo.
La soledad parecía ser la única respuesta al castigo de haberla perdido, pero la soledad nunca respondió. Empezaba la Cantata 106 “Actus Tragicus”: Ach Herr... (¡Ay, Señor!)
Es la antigua ley, algún día terminará el tormento y llegará el consuelo; por eso fui a escuchar como tantas veces la cantata 13 de Bach. Un grupo alemán con un director de gran sabiduría la tocaba en un templo luterano de la capital. La vi, me vio, nos vimos. Ella estaba con un grupo de amigas de diversos tamaños. Nos sentamos juntos y tomé su mano cuando el tenor, que cantaba mucho mejor que mi tío, entonó Meine Seufzer, meine Tränen Können nicht zu zählen sein... Nos soltamos solo para aplaudir al final de la obra. La vida y el amor son como un aria da capo.
Nuestros cuerpos habían perdido las audacias juveniles, nuestras historias se habían combinado como el contrapunto florido de un coral luterano, nuestros sueños se acercaban a la muerte como un entrecortado unísono, una fuga al paraíso. La Fantasía Cromática cada vez más cerca del último acorde.
Entrábamos, por el cristalino arroyo, al Bendito Amor Con Hache. Ya no la esperaría en Siberia. No éramos vírgenes. Los dioses no tornarían. Entonces, después de salir de la capilla donde habíamos escuchado la cantata 208 “Lo que me place es solo la alegre caza”, volvieron la paz y la calma.
En un abandonado bar del centro, donde las ovejas pueden pastar con seguridad y antes de que la aurora aparezca, le propuse que me acompañara por el resto de mi vida. Diana Magdalena sonrió, tomó mis manos y me dijo: “El patrimonio: todos los bienes, el matrimonio: todos los males”. *
L.F.C.
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* El patrimonio es el conjunto de todos los bienes y el matrimonio es el conjunto de todos los males (Enrique Jardiel Poncela)
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Notas de programa
J. S. Bach (Cantatas)
1) Meine Seufzer, meine Tränen BMW 13, 1726. Texto: Georg Christian Lehms, cantata para la epifanía. (Dos flautas dulces, oboe da caccia, cuerdas y continuo)
2) Gottes Zeit ist die allerbeste Zeit (el tiempo de Dios es el mejor momento), BWV 10, también conocida como Actus tragicus, 1710? Texto: anónimo, compilación de varios, cantata fúnebre. (Dos flautas dulces, dos violas da gamba y continuo)
3) Se mir behagt, ist nur die muntre Jagd (La caza viva es todo el deseo de mi corazón), BWV 208, también conocida como Cantata de Caza 1713. Texto: Salomón Franck, cantata secular. (Dos flautas dulces, dos oboes, taille, fagot, dos cornos da caccia, cuerdas y continuo)
G. Ph. Telemann
Sonates sans Basse a deux flutes traverses, ou a deux violons, ou a deux flutes a bec TWV 40 101 al 106 (opus 2) 1726, considerada la obra cumbre del barroco para dos instrumentos sin bajo.