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La laguna

Conrad, Joseph · 1897

El hombre blanco, apoyando ambos brazos sobre el techo de la caseta en la popa del bote, dijo al timonel:

—Pasaremos la noche en el claro de Arsat. Es tarde.

El timonel, de pie en la popa, no dio señal alguna de haber oído. Solo cuando la voz del hombre blanco lo sobresaltó se aclaró la garganta con modestia.

—Sí, Tuan —murmuró.

—Empuja más fuerte —dijo el hombre blanco.

La proa se hundió más profundo en el río quieto, que brillaba suavemente con la luz vespertina. Los remeros aceleraron el ritmo, y el bote se deslizó silencioso entre las tupidas orillas bajo el gran arco de los árboles que se juntaban por encima en la semioscuridad del canal serpenteante. El silencio era tan profundo que podía escucharse el suave chapoteo del agua bajo la proa y los remos que avanzaban a lo largo de la quilla.

En el silencio de la ribera, la oscuridad se cernía inmóvil bajo los árboles. Por encima de los copas, a lo largo de ambos lados del río, la luz aún brillaba sobre la copa de los árboles que se erguían rígidos e inmóviles en el esplendor del crepúsculo. Los caimanes dormían sobre los bajos fangosos. La anchura del río era como un camino de luz que cortaba la oscuridad de las orillas sombrías. En el silencio total de la ribera la oscuridad caía más y más, pesada e irresistible; y la oscuridad tenía vida, llena del murmullo de muchas criaturas ocultas que hablaban en el idioma de sus generaciones. El bote avanzaba despacio, solo.

—¿Podemos aún encontrar ese claro antes de que la noche sea completa? —preguntó el hombre blanco.

—Sí, Tuan. Hay todavía luz suficiente para ver el sendero entre los matorrales de caña del pasaje del río.

—Bien —dijo el hombre blanco.

Y seguía mirando el sendero que el bote cortaba en el agua. Los árboles se cerraban sobre él desde ambos lados, lanzando grandes masas de sombra. En la penumbra se podía ver la claridad del río brillando con débil resplandor más allá del recodo; y a medida que se acercaban ese resplandor se extinguía, dando paso a otro río, otro recodo, otro tramo igual de luz tranquila y sombra oscura.

Cruzaron la boca de un brazo tributario, y tomaron en el caño cuyas aguas oscuras y quietas seguían corriendo debajo de las raíces de los árboles que colgaban sobre él. El bote avanzaba con gran cuidado entre los nenúfares y el junco, hasta que alcanzó la orilla abierta de una laguna pequeña. El cielo del este ya estaba oscuro. En el oeste el sol se hundía: grande, carmesí, sin rayos, en un horizonte quieto. El horizonte del este era una pared de tinieblas. Reflejos escarlata parpadeaban en el agua tranquila de la laguna, y el cielo sobre la punta de tierra que cerraba la laguna era de un tono dorado, que iba palideciendo hacia el gris.

En la tranquila laguna, al final del largo cabo de tierra estrecho que avanzaba desde la orilla de la selva, se veían los techados de paja de la pequeña casa de Arsat. Un hombre solitario, con los brazos desnudos y la cabeza inclinada, se mantenía de pie sobre la plataforma. En el agua, a su lado, reposaba una canoa solitaria. Cuando el bote se acercó a la plataforma, el hombre solitario se incorporó sin moverse de su lugar: sus ojos, bajo el entrecejo fruncido, observaban el avance del bote. El hombre blanco miró hacia él.

—¿Eres tú, Arsat? —llamó.

—Sí, Tuan —dijo con esfuerzo el hombre de la plataforma. Su voz era grave y lenta, con un acento peculiar. La respuesta llegó con tal demora que el hombre blanco volvió a mirar a su timonel, que respondió con un leve encogimiento de hombros.

El bote llegó al lado de la plataforma y se amarró. El hombre blanco se apoyó en el borde y saltó a tierra. Un sirviente le traía desde el bote una silla de lona y una pequeña caja, y otro llevaba la hamaca y la bolsa de las provisiones.

Arsat, su anfitrión, se había apartado un poco a un lado. El hombre blanco inspeccionó la sencilla casa con una ojeada. Bajo el techo de paja, entre los palos, no había nada. El piso de bambú, sobre el agua, olía a moho y a humedad.

—¿No hay nada de cenar esta noche? —dijo el hombre blanco.

—Sí, hay arroz. Tendré que cocinar yo mismo —dijo Arsat, con una sonrisa apagada—. Mi mujer está enferma.

El hombre blanco hizo el gesto de quien no pide explicaciones.

—¿Grave? —preguntó en voz baja.

—No sé. Tal vez se ponga bien. Tal vez esté muerta antes del amanecer. La he dejado sola allí arriba.

Señaló la pequeña escalera que subía al interior de la casa. Por un momento nadie dijo nada. Luego el hombre blanco bajó los ojos y dijo:

—Pongámonos cómodos.

Encontraron un rincón en la plataforma. El sirviente preparó la cena. El fuego ardió. Arsat se sentó frente al hombre blanco. Comieron en silencio. Cuando el hombre blanco extendió la hamaca sobre dos palos, Arsat tomó su lugar en cuclillas frente al fuego apagado. El hombre blanco se tumbó en la hamaca. Los sirvientes dormían ya, envueltos en sus mantas.

La luna había subido y brillaba sobre el agua quieta de la laguna. La selva más allá de los palmeras era negra como la tinta bajo la luna. Algún pájaro nocturno emitía un grito suave y prolongado. El hombre blanco miraba el cielo despejado. Arsat permanecía inmóvil, con la barbilla apoyada en las rodillas.

Después de un silencio largo, sin levantar la cabeza, Arsat comenzó a hablar. Su voz era suave, insistente, como la corriente de un río entre sus orillas quietas.

—Tuan, ¿sabrá usted siempre el bien del mal?

El hombre blanco respondió con presteza:

—Hay personas que lo saben mejor que yo. ¿Por qué me preguntas eso?

Hubo una pausa. El hombre blanco aguardó. Arsat alzó la cabeza y clavó la mirada en el fuego apagado por un momento, luego la fijó en el agua.

—Era hombre de confianza —dijo con voz grave—. Mi hermano. Recibió la confianza de nuestro señor, el rajá, antes de que yo naciera. Mi hermano. Lo quería como a mí mismo. No lo he olvidado.

Hubo otra pausa. El fuego crepitó suavemente. El hombre blanco esperaba.

—Cuando yo era joven —continuó Arsat—, serví al señor que manda en el este. Y cuando los hombres del señor cometieron una traición y cayeron en desgracia, huimos los dos, mi hermano y yo. Éramos perseguidos. Íbamos con la mujer que ahora yace allí arriba.

Arsat hizo una pausa. En la casa, encima de ellos, alguien se revolvió y suspiró débilmente.

—La tomé sin permiso —dijo Arsat—. Era una esclava del señor. Diamelen. La llevé conmigo porque la amaba. Mi hermano me ayudó, porque era mi hermano.

El hombre blanco no habló. Las estrellas brillaban entre las nubes que pasaban lentamente.

—Huíamos en la noche —prosiguió Arsat—. Íbamos en una canoa pequeña. Yo remaba. Mi hermano manejaba el timón. Diamelen estaba sentada entre nosotros. Detrás de nosotros, en la oscuridad, oíamos los gritos de los hombres que nos perseguían. Las antorchas brillaban sobre las aguas como ojos de fuego. Mi hermano decía: "Rema, rema." Yo remaba. Diamelen estaba quieta. No tenía miedo. Solo miraba hacia atrás hacia las luces.

Se detuvo. El hombre blanco aguardó, inmóvil.

—Y entonces mi hermano dijo: "Necesito tiempo para desviarlos. Salta al agua y nada hasta la orilla. Tú llevas la mujer. Yo los conduciré por otro camino." Y yo miré a Diamelen, y salté al agua, y ella saltó detrás de mí. Y mi hermano gritó: "¡Voy con vosotros! ¡Estaré allí antes del amanecer!" Y la canoa se alejó en la oscuridad. Los gritos de los perseguidores se alejaron también. Nadamos hacia la orilla oscura. Llegamos. Diamelen temblaba. Yo tenía frío. Esperamos hasta el amanecer. Mi hermano no llegó.

El hombre blanco escuchaba sin moverse. Arsat miraba fijamente la laguna.

—No llegó —repitió—. Y oímos disparos desde el río, y humo, y gritos que se perdieron en la distancia. Mi hermano no llegó. Yo soy el hombre que lo abandonó.

En la oscuridad de la casa, la mujer dio un gemido suave, casi inaudible, como el suspiro de alguien que duerme. Arsat se puso en pie bruscamente y subió la escalera. El hombre blanco se incorporó en la hamaca. Escuchó. Oyó la voz grave y baja de Arsat en el interior, y luego el silencio. Después de un momento Arsat bajó las escaleras y volvió a su lugar junto al fuego frío.

—Está muy enferma —dijo—. No puedo hacer nada. No sé qué hacer.

Permaneció inmóvil. El hombre blanco miró su perfil quieto, iluminado por la luna.

—Arsat —dijo finalmente—, regresaré mañana y traeré un médico de la misión.

—Usted es bueno, Tuan.

Guardaron silencio largo tiempo. La luna se deslizaba por el cielo. Las estrellas pálidas comenzaron a perderse en la luz blanca del este. La selva despertaba con murmullos. Algún mono lanzó su grito al amanecer.

Cuando la primera luz gris llegó sobre la laguna, Arsat subió otra vez. Esta vez tardó más. El hombre blanco esperó, sentado ya al borde de la hamaca.

Cuando Arsat bajó, caminaba despacio, con la cabeza inclinada. Se detuvo al pie de la escalera y no habló.

—¿Ha muerto? —preguntó el hombre blanco en voz baja.

—Ha muerto —dijo Arsat, sin levantar la vista.

Permaneció de pie sin moverse. La luz del amanecer crecía sobre el agua tranquila. La selva estaba despierta y llena de voces. Los colores del día empezaban a pintarse sobre la laguna.

—Voy a buscar a mi hermano —dijo Arsat de pronto.

El hombre blanco se levantó y lo miró.

—No sé dónde está —dijo Arsat—. Pero lo buscaré. A veces pienso que lo oigo. A veces pienso que está esperando en algún lugar. No puedo quedarme aquí.

El hombre blanco tendió la mano y apretó el hombro de Arsat sin decir nada. Luego se volvió hacia sus sirvientes, que preparaban ya el bote.

—Podemos irnos —dijo.

El bote se alejó de la plataforma. El hombre blanco miró hacia atrás. Arsat seguía de pie en el borde de la plataforma, solo, mirando el agua. Detrás de él, la pequeña casa de techo de paja se recortaba inmóvil sobre el cielo claro del amanecer. La laguna era un espejo perfecto de luz y silencio.

El hombre blanco miró hacia adelante, hacia el río que los esperaba, y no volvió la vista atrás.