Cristianas
Almafuerte (Pedro Bonifacio Palacios)
CRISTIANAS
Aristarco feroz que acaricias
la labor de los otros con garras,
de la propia manera que aquellas
mujeres sin hijos los hijos que amparan:
no te guardo ojeriza ninguna
por al haz de laurel que me arrancas…
¡de la eterna belleza padeces
la horrible, infecunda preñez sobrehumana!
Vanidoso doncel que paseas
con olímpico garbo tus galas,
como el necio pavón su abanico
de gemas azules con flecos de gualda:
yo doy paso cortés a tu enorme
personilla hiperbólica y vana…
¡la soberbia del hombre, en si misma,
buscando motivos, contemplo que pasa!
Pretendiente sagaz que te doblas
refugiando en el pecho la cara,
cuando muestra su faz el Ministro
detrás de las rojas cortinas, y llama:
hay un corte sutil en tus labios,
de tu estirp de Dios remembrana,
que les hace reír, sin que rían,
de aquel que despojas lamiendo sus plantas.
Clandestino malvado que vistes
con virtudes sociales, tus lacras,
como esconde su fondo el abismo,
de luz temeroso, con flores y zarzas:
no pretendo rasgar la careta
que tus noches infames, disfraza…
¡yo bendigo el instinto que cubre
los púdicos senos de púdicas gasas!
Iracundo varón que no alientas
nada más que rencor y venganza,
cuando en pos de la lujuria te vuelves
lo mismo que negra serpiente africana:
yo descubro, a pesar del acceso
que satura de hiel tus entrañas,
vibraciones de luz y justicia
rasgando los cielos profundos de tu alma.
Obcecada matrona que buscas
del mancebo gentil, las miradas,
o en la frígida noche le sueñas,
decrépita Venus, mesando tus canas:
En el rudo vaivén de las olas
de aquel lúbrico mar de tus ansias,
flota errante una célula excelsa,
de madre que admira, de madre que aguarda.
Maldiciente cruel que te places
refiriendo torpezas extrañas;
cuya lengua insidiosa circunda
las vidas ajenas de vil filigrana;
no me aparto de ti, como aquellos
que no ven la belleza de nada:
me descubro y admiro al artista
que pinta con lodo y esculpe con daga.
Perezoso gentil que reposas
mientras tejen su tul las arañas,
como yace un islote flotante
¡que impulsan y besan y mecen las aguas!
por debajo de aquella morbosa
lasitud estival que te embarga,
el batán de la idea percibo...
¡cerebro sin brazos, noción sin palabras!
Protegido del fuerte, del sabio,
de cualquier caridad soberna,
que repudias y escupes y muerdes
la mano refugio, la mano enseñanza:
vibra un dejo de honor en la misma
miserable traición con que pagas:
toda vida completa es un condor
que rompe su nido cuando abre las alas.
Mesalina glacial que abandonas
al anónimo esteril tus gracias,
así como la pública fuente
la sed de las turbas ignotas aplaca:
tu palpitas, impúdica virgen,
de un esposo ideal, pasionaria:
en la rapida vez que le logras
la madre Natura bendice tu falta.
Furibundo, protervo sectario,
de cualquier religión, entusiasta,
que por Dios o la ley o el derecho,
torturas y violas, derribas y talas:
para ti la bondad absoluta
mismamente reside en tu causa:
¡formidable espolón de abordaje
de cosas tan bellas, tan justas y mansas!
Inspirado de Dios que desdoblas,
de tu mente la púrpura sacra,
para echarla ¡genial tapicero!
por donde los grandes pisándola aplaudan:
yo he bajado a tu propia conciencia;
yo la he visto sombría y huraña,
cada vez que tu frente traspuso
las horcas caudinas del hambre y la fama.
Sacerdote de espíritu negro,
tal cual es, por vacía, la nada,
que después de oficiar me bendices
trazando en los aires la Cruz sacrosanta:
yo no sé que poder te visita;
pero salgo cubierto de gracia…
¡miserable reptil que gobiernas,
incrédulo y frío, la fe y la esperanza!
Taciturno tirano que niegas
el sentido del bien en las masas,
y las atas al carro sin darles
la idea más simple del viaje que tramas:
resplandece, en mitad de tu pecho,
circuida de sombras y miasmas,
la cesárea pasión del apóstol
que impone a los hombres su molde y su pauta.
Coronado iscariote que vendes
a la patria enemiga tu patria,
como quien a su propia consorte
de adúltero lecho, corriese las mantas:
yo diviso a lo largo del tiempo,
la visión de lo vil que desgarra
la envoltura de un mundo celeste,
sin odios, ni muros, ni lenguas, ni razas.
¡No! ¡No existe el vacío absoluto
donde Dios derramó su palabra!
¡No! ¡No cabe la noche completa,
allí donde gira la estrella de un alma!
¡Vive un juez alojado en los pechos
que jamás prevarica ni calla!,
¡y hay un golpe de luz en el fondo
de aquellas más viles vilezas humanas!
Salto Argentino, 1891.